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Raúl Ballbé:

Sobre el futuro en la psicoterapia

 

 

Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires

30 de agosto de 2001

 

por

Antonio M. Battro

 

No es fácil tender puentes entre universos tan distantes como la fenomenología y las neurociencias, que son la base de la neuropsiquiatría contemporánea. Una prueba reciente de esta gran dificultad ha sido el reciente diálogo entre dos máximos exponentes de estas disciplinas, Paul Ricoeur y Jean-Pierre Changeux: Ce qui nous fait penser; la nature et la régle (París, Odile Jacob, 1998). Dos pensadores eminentes que intentan darse la mano a través de la brecha, enorme para los optimistas e insalvable para los pesimistas, del mundo del espíritu y del mundo de la materia, del mundo del significado y del mundo de las causas. Es evidente que no lo logran del todo, las ideas que sostienen ambos autores raramente se tocan, son tangentes o asintóticas. Sólo los une el deseo honesto de conocer, sapere aude, atrévete a saber, como decía Kant y la voluntad de despejar un camino lleno de escombros de los dos lados. Son dos historias paralelas que sólo se hacen señas, amistosas algunas y otras no tanto, a distancia. El lector queda sin palabras ante este diálogo apasionante, que se parece mucho a un diálogo de sordos.

En cambio, el libro de Raúl Ballbé, Vida, tiempo y libertad: ensayos de psiquiatría fenomenológica, plantea una alternativa diferente y, tal vez, un comienzo de solución y de síntesis. La primera ventaja es que se trata de un autor que no se presenta escindido, ni tironeado entre dos extremos, de alguien que ha encontrado su cauce en una práctica clínica de medio siglo acompañada de una reflexión constante sobre el alma y el cuerpo. Su propia vida es un ejemplo de diálogo interior donde las perspectivas de un filósofo y de un médico neuropsiquiatra, convergen con naturalidad. No debe apelar a más ejemplos que los propios, los que han surgido de su praxis cotidiana, pero que ha sabido elaborar a lo largo del tiempo en el plano teórico más profundo del análisis fenomenológico. Ballbé puede tender un puente entre la ciencia y la fenomenología pues "vive en esa unión", no la desmenuza ni la objetiviza, la expresa unitariamente, fuera de todo dualismo . Yo me referiré, ahora, al capítulo Sobre el futuro en la psicoterapia , porque me hizo reflexionar, y revisar, algunos temas que me interesan y preocupan.

Como muchos psiquiatras de su generación Ballbé fue marcado por el vigoroso pensamiento de Karl Jaspers y seguramente, como muchos también, se conmovió con el aforismo "el alma crece en sentido inverso al curso biológico". Pero no se ancló en él, su base le resultó demasiado estrecha, por ejemplo, para proyectar la psicopatología a la era de los psicotrópicos, en la cual Ballbé tuvo la oportunidad y el talento de participar desde sus inicios. Lo cuenta, con modestia, en la página 217, sobre el caso de una enferma esquizofrénica crónica que trató exitosamente con levopromacina, un psicofármaco que aún estaba en fase de experimentación. Se pregunta Ballbé "¿Dónde había quedado la irreversibilidad del proceso que le negaba su futuro a esa infeliz mujer?" Y da la respuesta del científico "En las construcciones de una psiquiatría que necesitaba urgentes modificaciones". Pero también abre el interrogante al filósofo: "¿Acaso el mencionado neuroléptico favoreció cierto restablecimiento de la isonomía tôn dynameiôn (el equilibro de las potencias) de que hablaba Alcmeón de Crotona (siglo V AC), concedió a la enferma la posibilidad del encuentro y éste, en su efectividad, dio el fruto de su apertura al futuro rescatándola de la oscuridad de la psicosis?" (p. 218, subrayados míos).

Todo ese capítulo VII es una muy original reflexión fenomenológica sobre el futuro, en el campo de la psicopatología. Es necesario haber vivido, como médico tratante, esos casos de "apertura al futuro" para poder proponer una reflexión pertinente sobre un tema delicado, que se presta tanto a la especulación vacía. Ballbé encuentra un camino novedoso, en lugar de focalizar exclusivamente sobre la génesis de la enfermedad se pregunta por los factores no provenientes del pasado que pueden contribuir a la curación (p. 219). Reconoce que "la génesis temporal y causal que remite al pasado pareciera seguir dominando el pensar médico" (p.216) pero Ballbé no se resigna a convertirse en una estatua de sal.

Y en esta rebeldía se encuentra con muchos neurocientíficos contemporáneos que al análisis de la lesión agregan el análisis de la compensación, que no se ocupan tanto de lo que falta sino de lo que está intacto. Se trata nada menos que del pasaje de una neurología tradicional que va del comportamiento al cerebro, del síntoma a la lesión que lo causa, a una neurología inversa que va del cerebro al comportamiento. Entiendo que para Ballbé el futuro no es algo virtual sino real. Y si es fenomenológicamente así podemos apelar a la objetivación propia de la medicina. Las modernas tecnologías de imágenes cerebrales permiten, en efecto, predecir, dentro de ciertos límites, aún muy estrechos pero que se amplían cada día, determinados comportamientos futuros, verdaderas decisiones en el sentido de von Weizsäcker.

De alguna manera, con estas nuevas tecnologías digitales, podemos "entrar en la intimidad de la mente ajena", desde afuera, objetivamente. Esto abre una nueva visión sobre la interioridad del hombre, y plantea un profundo debate ético, comparable al que se ha iniciado con la codificación del genoma humano ¿Está acaso inscripto nuestro destino en la intimidad de nuestros cromosomas? Muchos nos negamos a pensar así. Tampoco creemos que los circuitos neuronales hayan sido diseñados en su totalidad por los genes. Ya en el nacimiento mueren millones de neuronas que no han logrado sobrevivir al proceso de selección que lleva a estabilizar las sinapsis, como dice Changeux. Las restantes crecen en función de la actividad y del ejercicio. Las nuevas biotecnologías han demostrado, además, que es posible el implante, y transplante, de neuronas, en el mismo organismo y entre diferentes especies. Es más, ya hay híbridos de neuronas y de microprocesadores, cuyas aplicaciones como prótesis neuro-computacionales abrirán campos inimaginables a la humanidad, comenzando por los discapacitados y enfermos. Y este desarrollo de nuestro cerebro es de carácter epigenético, es decir se construye con muchos grados de libertad, que no están determinados únicamente por el pasado genético de la especie sino que apuntan al futuro individual.

Terminaré con una cita de M. Henry, "La vida es interioridad y en la exterioridad nadie la encontrará jamás". Un neuropsiquiatra del siglo XXI tiene la obligación de replantear la interioridad humana con los nuevos recursos de las neurociencias pero empobrecería su análisis si descartara las herramientas fenomenológicas. Ballbé nos ha mostrado que se puede tender un puente entre ambas orillas. Nos invita, con su ejemplo de médico-filósofo, a un regreso auspicioso a las fuentes de la sabiduría, nos propone, en suma, un "saber vivir".