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H O M E

Una ceremonia inolvidable

Antonio M. Battro

 Cambridge, Massachusetts

 

La noticia

Recuerdo perfectamente aquel dia de setiembre. Como siempre, camino a mi oficina que se encuentra en la Graduate School of Education pasando por los jardines del Radcliffe College de Harvard. Era muy temprano, no había nadie, sólo mis amigas, las ardillas. Un cielo azul y el verde amable del césped bien cuidado. Es el momento en que rezo el Rosario. Es muy importante para mí rezar en el idioma del lugar, Hail Mary!es una invocación muy especial en este famoso colegio que fue exclusivo de mujeres hasta hace pocas décadas. Rezo despacio, recorriendo los senderos bordeados de flores. No pasa nadie a esta hora, más tarde se llena de estudiantes. De pronto, sin razón aparente, me embargó una felicidad, una alegría inmensa, inesperada, que me conmovió. Muchas veces me pasa esto en esta universidad que se ha convertido en mi nuevo hogar espiritual. Llegué al gran edificio de ladrillos rojos, y abrí la puerta de entrada, los profesores tenemos llave y podemos entrar a cualquier hora. Mi amigo, el portero pakistaní no había aún llegado. Subí por las escaleras hasta el sexto piso, cumpliendo mi obligado ejercicio matutino.

Nunca desconecto mi computadora que me estaba esperando con un mensaje: "you have mail" ¡Decenas de mails! Comencé a responder uno por uno, muchos eran de la Argentina referidos a una nota que había salido en La Nación por mis actividades aquí como profesor visitante. Y entre ellos, casi perdido, un mensaje en italiano del Vaticano. Me comunicaban que había sido designado por el Santo Padre miembro de la Pontificia Academia de Ciencias, y me felicitaban. Yo me quedé paralizado. Enseguida sentí correr unas lágrimas y una especie de agradecimiento infinito.

Todo esto comenzó hace unos veinte años, cuando fui nombrado por la Santa Sede miembro de la delegación de científicos que viajó al MIT en ocasión de una reunión del Consejo Mundial de Iglesias sobre Ciencia y Fe. Allí conocí a Jerome Lejeune, el descubridor de una penosa aberración cromosómica, la trisomía 21, que produce el síndrome de Down y que él estaba empeñado en curar. Comenzamos entonces una amistad que duró hasta su muerte. Durante las semanas que pasamos juntos tuvimos la ocasión de asistir a la primera aplicación en el mundo de la informática en la rehabilitación de un joven con parálisis cerebral, en el famoso laboratorio de Inteligencia Artificial, dirigido por mis amigos Seymour Papert y Marvin Minsky. Ese evento cambió mi vida profesional y me dediqué enteramente al tema. Lejeune me invitó al poco tiempo a su servicio hospitalario en Paris, a su cátedra llamada "Enfermedades de la inteligencia". Deséabamos aplicar estos sistemas novedosos en la asistencia de niños trisómicos. Hice las primeras tentativas, apoyado por Nicholas Negroponte, en el Centro Mundial de Informática de Francia. Negroponte se convirtió luego en el director del Media Lab del MIT, un lugar de avanzada en el mundo digital. Hace pocos días tuve la alegría de que viniera a Harvard a discutir algunas ideas que estoy desarrollando con mi colega Percival J. Denham sobre la "inteligencia digital". Fue en una reunión sobre "globalización y educación", por lo visto los proyectos personales se cruzan como espirales siempre crecientes en nuestras vidas.

Lejeune hizo todo lo posible para que aquellas ideas sobre los usos humanitarios de las "prótesis informáticas" se difundieran en la Academia Pontificia de Ciencias y finalmente en 1994, recibí una invitación para hablar del tema en una sesión, como experto. Unos meses antes, el Domingo de Pascua, el Señor llamó a su lado a mi amigo Jerome y con dolor no pude estar con él en mi primera exposición en el Vaticano, pero desde entonces lo siento allí como mi ángel custodio. Las invitaciones a la Academia se sucedieron y comencé a conocer mejor a esa institución excepcional, fundada con el nombre de Accademia dei Lincei (Academia de los Linces) en 1603, la primera del mundo. Galileo Galilei fue su líder durante varios años y la Academia publicó muchos de sus trabajos, como el famoso Saggiatore. Encontré a mi regreso algunas de estas ediciones de valor incalculable en la biblioteca de Harvard.

En uno de esos viajes tuve el privilegio y la alegría de asistir a la ceremonia donde el Papa entregó las insignias a los nuevos académicos, entre ellos a nuestro compatriota el joven y eminente matemático Luis Cafarelli, entonces en Princeton. Jamás se me hubiera ocurrido que esa distinción pudiera algún día tocarme a mí. Estaba encandilado por la imagen de Bernardo A. Houssay, en 1936, el año de mi nacimiento, recibiendo esa distinción, y después por la designación de Luis F. Leloir, figuras excepcionales de la ciencia argentina y mundial. Cuando recibí el mail de la Academia, me sentí como el obrero de la última hora del Evangelio, que recibió el mismo pago, enorme, desmedido, que correspondía a aquellos operarios que trabajaron toda la jornada… No pude estudiar más, llamé a mi familia para comunicarles la increíble noticia, dejé unas líneas a mis colegas más amigos y me fui a mi iglesia, St. Paul, a agradecer al Señor este regalo que superaba cualquier mérito personal. Creo que me quedé una hora allí, sin saber qué hacer, ni qué decir, salvo un continuo gracias…

La llegada

En la primera semana de Noviembre tomé el avión en el aeropuerto Logan de Boston, de trágica fama, de allí salieron los aviones que desviaron los terroristas el 11 de Setiembre. Los controles fueron severos. Llegué a Zürich y de allí a Roma. En el viaje recordé mis estudios en Ginebra con Jean Piaget, mi iniciación a la filosofía y a la lógica en Fribourg, mi familia, mis amigos, las montañas, los lagos de tantas excursiones deslumbrantes. Los caminos de la Providencia nunca son los nuestros, gracias a Dios. Se hacen por otros lados, inesperados, insospechados, están fuera de nuestro control y de nuestros sueños. Yo nunca soñé un destino como el actual, a los sesenta y seis años ser profesor visitante en Harvard y miembro de la Pontificia Academia de Ciencias… Seguramente esta situación tan poco probable se gestó de manera oculta gracias a las finas redes anudadas en años de sincera amistad con tantos colegas de todo el mundo y a la pasión por la ciencia que nos mantiene en vida.

Me alojé con los demás miembros de la Academia en la Casa Santa Marta, en los jardines Vaticanos, detrás del ábside de San Pedro. Es una residencia diseñada para los cardenales que se reunirán allí en el futuro Cónclave. Mientras tanto sirve de residencia para muchos invitados de todo el mundo. Ya conocía el lugar y no me fué dificil encontrar mi camino a la Casina Pio IV, sede de la Academia. Lo primero que hice fue saludar a su Canciller, Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, mi amigo. Gracias a su extraordinaria capacidad organizativa, a su dedicación y talento, las reuniones de la Academia se deslizan con precisión y alegría, las publicaciones se editan puntualmente, los visitantes se sienten en su casa donde son atendidos con esa sutil delicadeza romana difícil de superar. La espléndida sala de reuniones estaba totalmente renovada, se preparaba una gran fiesta académica. El tema de la semana era: "Los valores culturales de la ciencia". Muchos eran los eminentes científicos y filósofos invitados a exponer y a discutir este tema central.

A la noche me encontré con mis hermanos que llegaban de Buenos Aires para acompañarme en esos días muy especiales de mi vida. Estaban esperándome en una residencia de religiosas cerca de Piazza Navona, agotados ellos también por el largo viaje. Hacía medio año que no nos veíamos y salimos a cenar juntos con un querido amigo y brillante científico argentino que llegaba de Berlín, Fernando Vidal. Yo había reservado mesa en "La Carbonara", un "ristorante" de clientela romana, exquisito, en un extremo del pintoresco Campo dei Fiori. Nos dieron una gran mesa en el segundo piso, éramos siete y nos quedamos hasta bien tarde, celebrando el amor y la amistad que nos congregaba a todos en esos días. Un regalo de Dios, una fiesta del espíritu.

Por supuesto, se hizo casi medianoche, y yo volví caminando al Vaticano. Me habían dado la llave de la residencia, sabiendo que llegaría tarde. Me presenté a la Guardia Suiza con mis credenciales académicas y me dejaron pasar. No había nadie, absolutamente nadie en la inmensa Plaza de San Pedro, pero la fachada estaba mágicamente iluminada. Cuando ingresé en los patios interiores, mis pasos resonaban como en una ópera, había una luna misteriosa sobre la cúpula de Miguel Angel. Estaba solo, como un personaje de algún grabado de Piranesi bajo esa mole colosal, casi tan alta como la pirámide de Keops. Era una sensación indescriptible, llegué a mi cuarto exhausto, arreglé mi mejor ropa para la ceremonia inaugural del dia siguiente y me dormí confiado en despertarme a tiempo. Me olvidé del jet lag.

El diploma

Cuando me desperté al día siguiente faltaban quince minutos para que se iniciara la sesión académica. Me despertó mi ángel de la guarda, in extremis. Me vestí como un rayo y salí corriendo por los senderos intrincados de los jardines vaticanos, que &endash; por suerte- conocía bien de mis otras visitas. Llegué a tiempo, los eminentes colegas ya se estaban ubicando en sus sitiales. Tuve el honor de sentarme entre el Cardenal Martini y el profesor Günter Blobel. La primera parte se dedicó a recordar a los académicos fallecidos, algunos de los cuales yo había conocido. Después llegó el momento de las presentaciones de los nuevos académicos. Mi nombre era el primero en la lista alfabética. Conté que había nacido en Mar del Plata, que era médico y psicólogo, que estaba dedicado al estudio del cerebro y la educación, tema que ahora enseñaba en Harvard. Concluí diciendo que recibía mi nombramiento como un reconocimiento a la ciencia argentina, y recordé a Houssay, el primer latinoamericano en la Academia. El Cancilller me entregó a continuación mi diploma, un fino pergamino escrito en latín, que ahora cuelga en mi oficina con un precioso marco, regalo de mis colegas de Harvard, y mi distintivo de académico. Estaban presentes en este acto los embajadores de Francia y de la Argentina ante el Vaticano. Tuve el honor y la alegría de que mi gran amigo el embajador Vicente Espeche Gil me colocara el distintivo en mi solapa. Aún sigue allí, en mi traje azul, el que uso en muy contadas y festivas ocasiones.

Detrás de mi sitial estaba Christian de Duve, Premio Nobel en medicina por sus descubrimientos sobre el metabolismo de los hidratos de carbono. Me dijo que trabajaba en temas relacionados con los de Houssay y Leloir, y que los había conocido muy bien. Me conmovieron sus palabras. Enseguida habló Blobel, dijo que era biólogo molecular, de origen alemán, que trabajaba en la Universidad Rockefeller, que recibió el premio Nobel en 1999 por sus investigaciones sobre las proteínas. Pero lo que más me impresionó es el destino que dió a su premio. Con esta suma creó una fundación para restaurar los grandes monumentos destruidos en Leipzig por los bombardeos durante la última guerra, en particular esa joya del barroco que es la Frauenkirche, la Sinagoga y el órgano de Juan Sebastián Bach. Y así fueron presentándose todos los neo-académicos, incluido el Cardinal Ratzinger que hizo una espléndida reseña, y el Cardinal Martini que, relevado de su cargo de arzobispo de Milán, nos informó que se instalará muy pronto en Jerusalén para proseguir sus estudios bíblicos, su especialidad. Su modestia y su sabiduría me impresionaron profundamente, y después de varios días de estar sentados juntos pudimos compartir algunas ideas y comentarios sobre los debates, a veces apasionados de nuestros colegas.

Los valores culturales de la ciencia

La Pontificia Academia de Ciencia constituye el "Senado científico" de la Iglesia. Pero lo que debe ser destacado, y que muchos ignoran, es que es un lugar ecuménico por excelencia. Sus miembros provienen de muchos países, disciplinas, religiones y creencias. Católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, hindúes y agnósticos. Todos ellos han sido elegidos por el Papa por el testimonio que han dado en la búsqueda de la verdad y del bien común a través de la ciencia "sin discriminación religiosa o étnica alguna", como dicen sus estatutos. Muchos de ellos, han literalmente, cambiado el mundo en que vivimos, desde el descubrimiento del láser y el máser hasta los transplantes de órganos humanos. Otros han revolucionado nuestra concepción de la naturaleza, de la astronomía, de las matemáticas. La lista de las realizaciones realizadas por sus miembros forma parte ya de la historia de la humanidad. La Academia está compuesta de ochenta académicos, de los cuales ventiocho han recibido el premio Nobel, una densidad poco común en una institución científica. Por eso sus debates y publicaciones son considerados con suma atención por los expertos de todo el mundo.

El primer invitado que habló sobre los valores culturales de la ciencia fue Paul Ricoeur, el gran filosófo francés. Pocas veces en mi vida escuché una exposición más precisa y profunda sobre el tema. Me acerqué a él, es un hombre de más de noventa años, pero tiene aquella típica pasión juvenil que caracteriza a todos los grandes intelectuales. Le conté que yo había sido discípulo en Paris de su gran amigo Paul Fraisse, ambos vivieron en esa célebre comunidad que había formado Emmanuel Mounier entorno a Esprit, la revista que fue un modelo en la renovación cristiana de Francia. Entre los académicos estaba otro pensador, teólogo de fuste, el padre Georges Cottier, dominico. Con él compartimos también una gran amistad, la del Cardenal Journet, el santo teólogo de Nova et Vetera, de Fribourg. Durante los intervalos, estas conversaciones más personales se convertían en verdaderos encuentros de vidas. Hubo numerosas ponencias, que serán publicadas próximamente y sería imposible resumirlas. Sólo puedo decir que muchas de ellas fueron muy debatidas y dieron lugar a interesantes polémicas. Los académicos pontificios no temen la confrontación, muy por el contrario, a veces las provocan, como sucede en todos los ámbitos creativos donde la ciencia es una aventura que vale la pena emprender y no una reliquia para proteger.

La misa dominical

El domingo el Cardenal Martini concelebró con los obispos y sacerdotes presentes en la iglesia tan antigua y maravillosa de San Esteban Protomártir que se encuentra dentro de los muros vaticanos. Es una joya de la arquitectura del siglo XII, con columnas de templos romanos y un altar románico bellísimo. Muy despojada y equilibrada, la música que acompañaba la celebración era, simplemente, sublime, y la luz que entraba por las ventanas nos daba a todos una caricia de cielo. Un momento muy especial. Me tocó a mí y a dos colegas franceses rezar frente a la asamblea en el momento de las peticiones y ofrendas. Algo dificil de olvidar. Estábamos todos muy conmovidos. Deus scientiarum dominus , "Dios es el Señor de las Ciencias", reza la medalla de oro que pende del soberbio collar que iríamos a recibir el dia siguiente en la solemne ceremonia con el Papa. Y esa presencia de una Sabiduría que nos supera, que nos trasciende sin límites, estaba resumida en esa Eucaristía, tan secreta y misteriosa, en esa consagración del pan y del vino, a pocos pasos de la tumba de Pedro, un humilde pescador de Galilea.

El banquete

La fiesta dominical no terminó allí, en caravana nos dirijimos hacia la Capilla Sixtina, subiendo la gran escalinata del Bernini. Entramos directamente al recinto sublime de Miguel Angel, lo habían reservado para nosotros por un par de horas. Me hubiera quedado allí todo el día. Fue un banquete para los ojos, para el espíritu. Me puse a dibujar rápidamente, es el truco que empleo para tranquilizar mi alma frente a algo grandioso. Quedarse allí, impregnado por la belleza absoluta del genio, en silencio ¡qué oportunidad única en la vida!

Volvimos a almorzar a la sede de la Academia, una joya del renacimiento, obra del gran Pirro Ligorio, discípulo de Miguel Angel. El deslumbrante salón estaba decorado por los frescos más amables y coloridos. Allí nos esperaba una enorme mesa servida con una vajilla acorde con la grandiosidad del lugar, yo me senté junto a mi amigo Stanislas Dehaene, joven y sobresaliente matemático y neuropsicólogo francés que ha revolucionado nuestros conocimientos sobre el número y el cerebro. Recibiría del Papa al día siguiente la medalla Pio XI por sus excepcionales méritos científicos, al igual que Juan Maldacena, de 34 años, profesor en Princeton, argentino, uno de los físicos más brillantes de su generación. A mi izquierda Rudolf Mösbauer, que recibiera el Premio Nobel de Física siendo también muy joven. El almuerzo fue exquisito y muy tranquilo, pudimos charlar mucho con Dehaene sobre el estado de las ciencias neurocognitivas. Lo invité para nuestro próximo encuentro de la Academia dentro de un año. Me han designado para liderar una reunión internacional sobre la mente, el cerebro y la educación en ocasión de los 400 años de la fundación como Accademia dei Lincei. El otro tema que se discutirá en esa oportunidad será el de las células madres, stem cells, de enorme actualidad e importancia.

El collar de oro

El último acto de esta semana extraordinaria fue la Audiencia solemne con el Papa. Nos encontramos todos en el Palacio Apostólico, en la Sala Clementina, enorme, con sus mármoles preciosos, sus frescos, su impresionante copia de la tapicería de Rafael. Los académicos, los premiados, los invitados especiales, los familiares, mis dos hermanas me dieron el brazo para entrar en el recinto. Yo me sentía en otro mundo. Allí aguardamos la llegada del Papa, que entró caminando despacio, pero sin ayuda, se sentó frente a los presentes, con los dos cardenales académicos a un lado. Todos nos pusimos de pié y aplaudimos a su llegada ¡Quien no admira a este hombre santo y valiente, sabio y humilde!

El presidente de la Academia, Nicola Cabibbo introdujo a los nuevos académicos y a los dos jóvenes premiados a quienes el Papa entregó sus preciosas medallas. El Papa leyó con voz muy clara su mensaje, que se puede resumir en tres frases capitales: "la ciencia en sí misma representa un valor para el conocimiento humano y para la comunidad humana". "Los científicos porque 'saben más' deben 'servir más'". "La comunidad científica puede ayudar a los pueblos del mundo y a servirlos de una manera que ninguna otra institución podría hacer, cuando proteje su autonomía legítima frente a las presiones económicas o políticas, cuando no se somete a las fuerzas del consenso o a la ambición de ganancias, cuando se compromete desinteresadamente en la investigación que busca la verdad y el bien común". Después de estas palabras pasamos cada uno de los académicos al frente para saludar al Papa. Yo atiné sólo a decirle "Gracias" cuando tomé su mano entre las mías y él me volvió a decir "Gracias"… Evidentemente en todas las manifestaciones sinceras de amor, la corriente de gratitud fluye en los dos sentidos.

Finalmente lo hicieron los invitados y familiares. El Canciller nos entregó un collar de oro a cada uno de los nuevos académicos. Yo le pedí a mi hermana Isabel que me ayudara, es bastante complicado ponerlo al cuello, se trata de una preciosa joya de dos trenzas con varias medallas interpuestas y una gran medalla colgante con el emblema petrino de las llaves cruzadas y la tiara. Mis estudiantes de Harvard cuando se enteraron de que poseía esa joya me pidieron encarecidamente que se las mostrara. Quedaron deslumbrados, y… me aplaudieron, me hicieron sentir todo su cariño con esa espontaneidad tan transparente de la juventud.

El Papa se despidió con un largo saludo y nosotros volvimos a nuestras tareas. Esa noche el embajador ante la Santa Sede nos invitó a los dos argentinos que fuimos distinguidos por la Academia a una muy cálida y deliciosa recepción entre amigos. Esa reunión en el Palazzo Patrizzi fue una despedida inolvidable de Roma. Pero espero volver pronto. Ahora me toca la delicada tarea de organizar la próxima reunión cientifica, en noviembre de 2003 sobre la mente, el cerebro y la educación.