La noticia
Recuerdo perfectamente aquel dia de setiembre.
Como siempre, camino a mi oficina que se encuentra
en la Graduate School of Education pasando por los
jardines del Radcliffe College de Harvard. Era muy
temprano, no había nadie, sólo mis
amigas, las ardillas. Un cielo azul y el verde
amable del césped bien cuidado. Es el
momento en que rezo el Rosario. Es muy importante
para mí rezar en el idioma del lugar, Hail
Mary!es una invocación muy especial en este
famoso colegio que fue exclusivo de mujeres hasta
hace pocas décadas. Rezo despacio,
recorriendo los senderos bordeados de flores. No
pasa nadie a esta hora, más tarde se llena
de estudiantes. De pronto, sin razón
aparente, me embargó una felicidad, una
alegría inmensa, inesperada, que me
conmovió. Muchas veces me pasa esto en esta
universidad que se ha convertido en mi nuevo hogar
espiritual. Llegué al gran edificio de
ladrillos rojos, y abrí la puerta de
entrada, los profesores tenemos llave y podemos
entrar a cualquier hora. Mi amigo, el portero
pakistaní no había aún
llegado. Subí por las escaleras hasta el
sexto piso, cumpliendo mi obligado ejercicio
matutino.
Nunca desconecto mi computadora que me estaba
esperando con un mensaje: "you have mail"
¡Decenas de mails! Comencé a responder
uno por uno, muchos eran de la Argentina referidos
a una nota que había salido en La
Nación por mis actividades aquí como
profesor visitante. Y entre ellos, casi perdido, un
mensaje en italiano del Vaticano. Me comunicaban
que había sido designado por el Santo Padre
miembro de la Pontificia Academia de Ciencias, y me
felicitaban. Yo me quedé paralizado.
Enseguida sentí correr unas lágrimas
y una especie de agradecimiento infinito.
Todo esto comenzó hace unos veinte
años, cuando fui nombrado por la Santa Sede
miembro de la delegación de
científicos que viajó al MIT en
ocasión de una reunión del Consejo
Mundial de Iglesias sobre Ciencia y Fe. Allí
conocí a Jerome Lejeune, el descubridor de
una penosa aberración cromosómica, la
trisomía 21, que produce el síndrome
de Down y que él estaba empeñado en
curar. Comenzamos entonces una amistad que
duró hasta su muerte. Durante las semanas
que pasamos juntos tuvimos la ocasión de
asistir a la primera aplicación en el mundo
de la informática en la
rehabilitación de un joven con
parálisis cerebral, en el famoso laboratorio
de Inteligencia Artificial, dirigido por mis amigos
Seymour Papert y Marvin Minsky. Ese evento
cambió mi vida profesional y me
dediqué enteramente al tema. Lejeune me
invitó al poco tiempo a su servicio
hospitalario en Paris, a su cátedra llamada
"Enfermedades de la inteligencia".
Deséabamos aplicar estos sistemas novedosos
en la asistencia de niños trisómicos.
Hice las primeras tentativas, apoyado por Nicholas
Negroponte, en el Centro Mundial de
Informática de Francia. Negroponte se
convirtió luego en el director del Media Lab
del MIT, un lugar de avanzada en el mundo digital.
Hace pocos días tuve la alegría de
que viniera a Harvard a discutir algunas ideas que
estoy desarrollando con mi colega Percival J.
Denham sobre la "inteligencia digital". Fue en una
reunión sobre "globalización y
educación", por lo visto los proyectos
personales se cruzan como espirales siempre
crecientes en nuestras vidas.
Lejeune hizo todo lo posible para que aquellas
ideas sobre los usos humanitarios de las
"prótesis informáticas" se
difundieran en la Academia Pontificia de Ciencias y
finalmente en 1994, recibí una
invitación para hablar del tema en una
sesión, como experto. Unos meses antes, el
Domingo de Pascua, el Señor llamó a
su lado a mi amigo Jerome y con dolor no pude estar
con él en mi primera exposición en el
Vaticano, pero desde entonces lo siento allí
como mi ángel custodio. Las invitaciones a
la Academia se sucedieron y comencé a
conocer mejor a esa institución excepcional,
fundada con el nombre de Accademia dei Lincei
(Academia de los Linces) en 1603, la primera del
mundo. Galileo Galilei fue su líder durante
varios años y la Academia publicó
muchos de sus trabajos, como el famoso Saggiatore.
Encontré a mi regreso algunas de estas
ediciones de valor incalculable en la biblioteca de
Harvard.
En uno de esos viajes tuve el privilegio y la
alegría de asistir a la ceremonia donde el
Papa entregó las insignias a los nuevos
académicos, entre ellos a nuestro
compatriota el joven y eminente matemático
Luis Cafarelli, entonces en Princeton. Jamás
se me hubiera ocurrido que esa distinción
pudiera algún día tocarme a
mí. Estaba encandilado por la imagen de
Bernardo A. Houssay, en 1936, el año de mi
nacimiento, recibiendo esa distinción, y
después por la designación de Luis F.
Leloir, figuras excepcionales de la ciencia
argentina y mundial. Cuando recibí el mail
de la Academia, me sentí como el obrero de
la última hora del Evangelio, que
recibió el mismo pago, enorme, desmedido,
que correspondía a aquellos operarios que
trabajaron toda la jornada
No pude estudiar
más, llamé a mi familia para
comunicarles la increíble noticia,
dejé unas líneas a mis colegas
más amigos y me fui a mi iglesia, St. Paul,
a agradecer al Señor este regalo que
superaba cualquier mérito personal. Creo que
me quedé una hora allí, sin saber
qué hacer, ni qué decir, salvo un
continuo gracias
La llegada
En la primera semana de Noviembre tomé el
avión en el aeropuerto Logan de Boston, de
trágica fama, de allí salieron los
aviones que desviaron los terroristas el 11 de
Setiembre. Los controles fueron severos.
Llegué a Zürich y de allí a
Roma. En el viaje recordé mis estudios en
Ginebra con Jean Piaget, mi iniciación a la
filosofía y a la lógica en Fribourg,
mi familia, mis amigos, las montañas, los
lagos de tantas excursiones deslumbrantes. Los
caminos de la Providencia nunca son los nuestros,
gracias a Dios. Se hacen por otros lados,
inesperados, insospechados, están fuera de
nuestro control y de nuestros sueños. Yo
nunca soñé un destino como el actual,
a los sesenta y seis años ser profesor
visitante en Harvard y miembro de la Pontificia
Academia de Ciencias
Seguramente esta
situación tan poco probable se gestó
de manera oculta gracias a las finas redes anudadas
en años de sincera amistad con tantos
colegas de todo el mundo y a la pasión por
la ciencia que nos mantiene en vida.
Me alojé con los demás miembros de
la Academia en la Casa Santa Marta, en los jardines
Vaticanos, detrás del ábside de San
Pedro. Es una residencia diseñada para los
cardenales que se reunirán allí en el
futuro Cónclave. Mientras tanto sirve de
residencia para muchos invitados de todo el mundo.
Ya conocía el lugar y no me fué
dificil encontrar mi camino a la Casina Pio IV,
sede de la Academia. Lo primero que hice fue
saludar a su Canciller, Monseñor Marcelo
Sánchez Sorondo, mi amigo. Gracias a su
extraordinaria capacidad organizativa, a su
dedicación y talento, las reuniones de la
Academia se deslizan con precisión y
alegría, las publicaciones se editan
puntualmente, los visitantes se sienten en su casa
donde son atendidos con esa sutil delicadeza romana
difícil de superar. La espléndida
sala de reuniones estaba totalmente renovada, se
preparaba una gran fiesta académica. El tema
de la semana era: "Los valores culturales de la
ciencia". Muchos eran los eminentes
científicos y filósofos invitados a
exponer y a discutir este tema central.
A la noche me encontré con mis hermanos
que llegaban de Buenos Aires para
acompañarme en esos días muy
especiales de mi vida. Estaban esperándome
en una residencia de religiosas cerca de Piazza
Navona, agotados ellos también por el largo
viaje. Hacía medio año que no nos
veíamos y salimos a cenar juntos con un
querido amigo y brillante científico
argentino que llegaba de Berlín, Fernando
Vidal. Yo había reservado mesa en "La
Carbonara", un "ristorante" de clientela romana,
exquisito, en un extremo del pintoresco Campo dei
Fiori. Nos dieron una gran mesa en el segundo piso,
éramos siete y nos quedamos hasta bien
tarde, celebrando el amor y la amistad que nos
congregaba a todos en esos días. Un regalo
de Dios, una fiesta del espíritu.
Por supuesto, se hizo casi medianoche, y yo
volví caminando al Vaticano. Me
habían dado la llave de la residencia,
sabiendo que llegaría tarde. Me
presenté a la Guardia Suiza con mis
credenciales académicas y me dejaron pasar.
No había nadie, absolutamente nadie en la
inmensa Plaza de San Pedro, pero la fachada estaba
mágicamente iluminada. Cuando ingresé
en los patios interiores, mis pasos resonaban como
en una ópera, había una luna
misteriosa sobre la cúpula de Miguel Angel.
Estaba solo, como un personaje de algún
grabado de Piranesi bajo esa mole colosal, casi tan
alta como la pirámide de Keops. Era una
sensación indescriptible, llegué a mi
cuarto exhausto, arreglé mi mejor ropa para
la ceremonia inaugural del dia siguiente y me
dormí confiado en despertarme a tiempo. Me
olvidé del jet lag.
El diploma
Cuando me desperté al día
siguiente faltaban quince minutos para que se
iniciara la sesión académica. Me
despertó mi ángel de la guarda, in
extremis. Me vestí como un rayo y
salí corriendo por los senderos intrincados
de los jardines vaticanos, que &endash; por suerte-
conocía bien de mis otras visitas.
Llegué a tiempo, los eminentes colegas ya se
estaban ubicando en sus sitiales. Tuve el honor de
sentarme entre el Cardenal Martini y el profesor
Günter Blobel. La primera parte se
dedicó a recordar a los académicos
fallecidos, algunos de los cuales yo había
conocido. Después llegó el momento de
las presentaciones de los nuevos académicos.
Mi nombre era el primero en la lista
alfabética. Conté que había
nacido en Mar del Plata, que era médico y
psicólogo, que estaba dedicado al estudio
del cerebro y la educación, tema que ahora
enseñaba en Harvard. Concluí diciendo
que recibía mi nombramiento como un
reconocimiento a la ciencia argentina, y
recordé a Houssay, el primer latinoamericano
en la Academia. El Cancilller me entregó a
continuación mi diploma, un fino pergamino
escrito en latín, que ahora cuelga en mi
oficina con un precioso marco, regalo de mis
colegas de Harvard, y mi distintivo de
académico. Estaban presentes en este acto
los embajadores de Francia y de la Argentina ante
el Vaticano. Tuve el honor y la alegría de
que mi gran amigo el embajador Vicente Espeche Gil
me colocara el distintivo en mi solapa. Aún
sigue allí, en mi traje azul, el que uso en
muy contadas y festivas ocasiones.
Detrás de mi sitial estaba Christian de
Duve, Premio Nobel en medicina por sus
descubrimientos sobre el metabolismo de los
hidratos de carbono. Me dijo que trabajaba en temas
relacionados con los de Houssay y Leloir, y que los
había conocido muy bien. Me conmovieron sus
palabras. Enseguida habló Blobel, dijo que
era biólogo molecular, de origen
alemán, que trabajaba en la Universidad
Rockefeller, que recibió el premio Nobel en
1999 por sus investigaciones sobre las
proteínas. Pero lo que más me
impresionó es el destino que dió a su
premio. Con esta suma creó una
fundación para restaurar los grandes
monumentos destruidos en Leipzig por los bombardeos
durante la última guerra, en particular esa
joya del barroco que es la Frauenkirche, la
Sinagoga y el órgano de Juan
Sebastián Bach. Y así fueron
presentándose todos los
neo-académicos, incluido el Cardinal
Ratzinger que hizo una espléndida
reseña, y el Cardinal Martini que, relevado
de su cargo de arzobispo de Milán, nos
informó que se instalará muy pronto
en Jerusalén para proseguir sus estudios
bíblicos, su especialidad. Su modestia y su
sabiduría me impresionaron profundamente, y
después de varios días de estar
sentados juntos pudimos compartir algunas ideas y
comentarios sobre los debates, a veces apasionados
de nuestros colegas.
Los valores culturales de la ciencia
La Pontificia Academia de Ciencia constituye el
"Senado científico" de la Iglesia. Pero lo
que debe ser destacado, y que muchos ignoran, es
que es un lugar ecuménico por excelencia.
Sus miembros provienen de muchos países,
disciplinas, religiones y creencias.
Católicos, protestantes, ortodoxos,
judíos, musulmanes, hindúes y
agnósticos. Todos ellos han sido elegidos
por el Papa por el testimonio que han dado en la
búsqueda de la verdad y del bien
común a través de la ciencia "sin
discriminación religiosa o étnica
alguna", como dicen sus estatutos. Muchos de ellos,
han literalmente, cambiado el mundo en que vivimos,
desde el descubrimiento del láser y el
máser hasta los transplantes de
órganos humanos. Otros han revolucionado
nuestra concepción de la naturaleza, de la
astronomía, de las matemáticas. La
lista de las realizaciones realizadas por sus
miembros forma parte ya de la historia de la
humanidad. La Academia está compuesta de
ochenta académicos, de los cuales ventiocho
han recibido el premio Nobel, una densidad poco
común en una institución
científica. Por eso sus debates y
publicaciones son considerados con suma
atención por los expertos de todo el
mundo.
El primer invitado que habló sobre los
valores culturales de la ciencia fue Paul Ricoeur,
el gran filosófo francés. Pocas veces
en mi vida escuché una exposición
más precisa y profunda sobre el tema. Me
acerqué a él, es un hombre de
más de noventa años, pero tiene
aquella típica pasión juvenil que
caracteriza a todos los grandes intelectuales. Le
conté que yo había sido
discípulo en Paris de su gran amigo Paul
Fraisse, ambos vivieron en esa célebre
comunidad que había formado Emmanuel Mounier
entorno a Esprit, la revista que fue un modelo en
la renovación cristiana de Francia. Entre
los académicos estaba otro pensador,
teólogo de fuste, el padre Georges Cottier,
dominico. Con él compartimos también
una gran amistad, la del Cardenal Journet, el santo
teólogo de Nova et Vetera, de Fribourg.
Durante los intervalos, estas conversaciones
más personales se convertían en
verdaderos encuentros de vidas. Hubo numerosas
ponencias, que serán publicadas
próximamente y sería imposible
resumirlas. Sólo puedo decir que muchas de
ellas fueron muy debatidas y dieron lugar a
interesantes polémicas. Los
académicos pontificios no temen la
confrontación, muy por el contrario, a veces
las provocan, como sucede en todos los
ámbitos creativos donde la ciencia es una
aventura que vale la pena emprender y no una
reliquia para proteger.
La misa dominical
El domingo el Cardenal Martini concelebró
con los obispos y sacerdotes presentes en la
iglesia tan antigua y maravillosa de San Esteban
Protomártir que se encuentra dentro de los
muros vaticanos. Es una joya de la arquitectura del
siglo XII, con columnas de templos romanos y un
altar románico bellísimo. Muy
despojada y equilibrada, la música que
acompañaba la celebración era,
simplemente, sublime, y la luz que entraba por las
ventanas nos daba a todos una caricia de cielo. Un
momento muy especial. Me tocó a mí y
a dos colegas franceses rezar frente a la asamblea
en el momento de las peticiones y ofrendas. Algo
dificil de olvidar. Estábamos todos muy
conmovidos. Deus scientiarum dominus , "Dios es el
Señor de las Ciencias", reza la medalla de
oro que pende del soberbio collar que
iríamos a recibir el dia siguiente en la
solemne ceremonia con el Papa. Y esa presencia de
una Sabiduría que nos supera, que nos
trasciende sin límites, estaba resumida en
esa Eucaristía, tan secreta y misteriosa, en
esa consagración del pan y del vino, a pocos
pasos de la tumba de Pedro, un humilde pescador de
Galilea.
El banquete
La fiesta dominical no terminó
allí, en caravana nos dirijimos hacia la
Capilla Sixtina, subiendo la gran escalinata del
Bernini. Entramos directamente al recinto sublime
de Miguel Angel, lo habían reservado para
nosotros por un par de horas. Me hubiera quedado
allí todo el día. Fue un banquete
para los ojos, para el espíritu. Me puse a
dibujar rápidamente, es el truco que empleo
para tranquilizar mi alma frente a algo grandioso.
Quedarse allí, impregnado por la belleza
absoluta del genio, en silencio ¡qué
oportunidad única en la vida!
Volvimos a almorzar a la sede de la Academia,
una joya del renacimiento, obra del gran Pirro
Ligorio, discípulo de Miguel Angel. El
deslumbrante salón estaba decorado por los
frescos más amables y coloridos. Allí
nos esperaba una enorme mesa servida con una
vajilla acorde con la grandiosidad del lugar, yo me
senté junto a mi amigo Stanislas Dehaene,
joven y sobresaliente matemático y
neuropsicólogo francés que ha
revolucionado nuestros conocimientos sobre el
número y el cerebro. Recibiría del
Papa al día siguiente la medalla Pio XI por
sus excepcionales méritos
científicos, al igual que Juan Maldacena, de
34 años, profesor en Princeton, argentino,
uno de los físicos más brillantes de
su generación. A mi izquierda Rudolf
Mösbauer, que recibiera el Premio Nobel de
Física siendo también muy joven. El
almuerzo fue exquisito y muy tranquilo, pudimos
charlar mucho con Dehaene sobre el estado de las
ciencias neurocognitivas. Lo invité para
nuestro próximo encuentro de la Academia
dentro de un año. Me han designado para
liderar una reunión internacional sobre la
mente, el cerebro y la educación en
ocasión de los 400 años de la
fundación como Accademia dei Lincei. El otro
tema que se discutirá en esa oportunidad
será el de las células madres, stem
cells, de enorme actualidad e importancia.
El collar de oro
El último acto de esta semana
extraordinaria fue la Audiencia solemne con el
Papa. Nos encontramos todos en el Palacio
Apostólico, en la Sala Clementina, enorme,
con sus mármoles preciosos, sus frescos, su
impresionante copia de la tapicería de
Rafael. Los académicos, los premiados, los
invitados especiales, los familiares, mis dos
hermanas me dieron el brazo para entrar en el
recinto. Yo me sentía en otro mundo.
Allí aguardamos la llegada del Papa, que
entró caminando despacio, pero sin ayuda, se
sentó frente a los presentes, con los dos
cardenales académicos a un lado. Todos nos
pusimos de pié y aplaudimos a su llegada
¡Quien no admira a este hombre santo y
valiente, sabio y humilde!
El presidente de la Academia, Nicola Cabibbo
introdujo a los nuevos académicos y a los
dos jóvenes premiados a quienes el Papa
entregó sus preciosas medallas. El Papa
leyó con voz muy clara su mensaje, que se
puede resumir en tres frases capitales: "la ciencia
en sí misma representa un valor para el
conocimiento humano y para la comunidad humana".
"Los científicos porque 'saben más'
deben 'servir más'". "La comunidad
científica puede ayudar a los pueblos del
mundo y a servirlos de una manera que ninguna otra
institución podría hacer, cuando
proteje su autonomía legítima frente
a las presiones económicas o
políticas, cuando no se somete a las fuerzas
del consenso o a la ambición de ganancias,
cuando se compromete desinteresadamente en la
investigación que busca la verdad y el bien
común". Después de estas palabras
pasamos cada uno de los académicos al frente
para saludar al Papa. Yo atiné sólo a
decirle "Gracias" cuando tomé su mano entre
las mías y él me volvió a
decir "Gracias"
Evidentemente en todas las
manifestaciones sinceras de amor, la corriente de
gratitud fluye en los dos sentidos.
Finalmente lo hicieron los invitados y
familiares. El Canciller nos entregó un
collar de oro a cada uno de los nuevos
académicos. Yo le pedí a mi hermana
Isabel que me ayudara, es bastante complicado
ponerlo al cuello, se trata de una preciosa joya de
dos trenzas con varias medallas interpuestas y una
gran medalla colgante con el emblema petrino de las
llaves cruzadas y la tiara. Mis estudiantes de
Harvard cuando se enteraron de que poseía
esa joya me pidieron encarecidamente que se las
mostrara. Quedaron deslumbrados, y
me
aplaudieron, me hicieron sentir todo su
cariño con esa espontaneidad tan
transparente de la juventud.
El Papa se despidió con un largo saludo y
nosotros volvimos a nuestras tareas. Esa noche el
embajador ante la Santa Sede nos invitó a
los dos argentinos que fuimos distinguidos por la
Academia a una muy cálida y deliciosa
recepción entre amigos. Esa reunión
en el Palazzo Patrizzi fue una despedida
inolvidable de Roma. Pero espero volver pronto.
Ahora me toca la delicada tarea de organizar la
próxima reunión cientifica, en
noviembre de 2003 sobre la mente, el cerebro y la
educación.