I. LA IMAGEN MENTAL DE LA
CIUDAD
Los psicólogos han intentado estudiar con
diferentes procedimientos la elaboración de una
imagen mental pero el fenómeno no es fácil
de asir. Por una parte, existe un componente fundamental
en la imagen mental que está ligado a la
percepción. Todos los canales sensoriales
contribuyen a alimentar el proceso que genera la imagen.
De la ciudad tenemos imágenes visuales, auditivas,
olfativas, táctiles, kinestésicas, etc. Por
otra parte, una imagen tiene carácter privado y al
hacerla pública estamos obligados a transformarla,
disecarla en sus componentes, seccionarla en el tiempo,
localizarla en el espacio. Pero la imagen original tiene
vida propia y autonomía, es dinámica y
global. Es, en suma, tan compleja como la misma
inteligencia humana y Piaget tiene razón al
definir la imagen mental nada menos que como "la
interiorización de los actos de la inteligencia"
(6). Es decir, la imagen mental no es simplemente un
producto de la percepción, una prolongación
o reverberación de los estímulos
periféricos que son procesados por el cerebro sino
es una expresión cognitiva de carácter
central, sometida a todas las leyes del desarrollo
intelectual del individuo. Este es el espacio que
desearíamos ahora analizar. Concretamente,
queremos estudiar cómo se desarrolla en el
niño y el adolescente la imagen espacial de su
ciudad. El énfasis en el proceso evolutivo
constituirá pues el eje de nuestro estudio.
Aplicaremos además nuestro esfuerzo en dilucidar
el carácter geométrico de la imagen urbana.
Hubiéramos podido estudiar otros temas urbanos
igualmente interesantes pero nos pareció
conveniente reducirnos al aspecto espacial por varias
razones de índole práctica y
teórica. Respecto de las primeras, el espacio
urbano se presta admirablemente para un estudio
experimental. Por experimental entendemos el control
objetivo y sistemático de la situación. En
el caso de la imagen visual, por ejemplo, existe la
posibilidad de obtener dibujos o modelos del espacio que
la persona acaba de percibir. Los dibujos o modelo
(maquetas) son los objetos sobre los cuales
versará nuestro análisis. La imagen mental
subjetiva y personal se nos escapará siempre en su
individualidad pero su expresión objetiva y
material puede ser sometida, en cambio, a un
análisis minucioso. Se objetará, tal vez,
que no estudiamos la imagen mental en sí, sino
únicamente su manifestación
pictórica o volumétrica. Es verdad, pero
ello no es un impedimento sino un camino de acceso al
mundo privado que se comunica normalmente por los canales
de la representación bidimensional o
tridimensional. Por lo tanto podemos inferir que la
evolución manifiesta de los dibujos y maquetas de
la ciudad, dato objetivo, corresponde a una
evolución interna de la imagen espacial, por
definición subjetiva. Las características
de esta correspondencia plantea el problema
difícil de las relaciones entre el lenguaje
"público" y " privado", tema caro al
análisis filosófico en el cual no podemos
entrar ahora (7). Nos limitaremos a aceptar como
hipótesis de trabajo la propuesta de Piaget: "la
imagen visual corresponde en términos generales a
lo que se podría dibujar del objeto o del suceso
cuando ya no se lo percibe" (6). Ello bastará a
los efectos prácticos para estudiar
experimentalmente la imagen urbana.
Desde el punto de vista teórico, el aspecto
espacial en la imagen de la ciudad tiene particular
importancia. Por una parte, el espacio es una de las
grandes categorías del pensamiento humano y el
espacio urbano, es además, uno de los productos
más elaborados de la sociedad civilizada. Por otra
parte, la evolución de los sistemas cognitivos
desde la infancia hasta la adolescencia es una continua
incorporación de esquemas lógicos -
matemáticos y coordenadas espacio - temporales. El
niño no necesita ir a la escuela para que le
enseñen la geometría de sus desplazamientos
por su casa y por la ciudad. Existe una geometría
espontánea que se desarrolla por etapas, como fue
admirablemente descripta por Piaget, Inhelder y Szeminska
(3). Encontramos en esta evolución un pasaje de
las relaciones puramente topológicas que son las
más precoces, a la métrica euclidiana,
más tardía, pasando por las proyectividades
y las transformaciones afines. No extrañará
pues que hayamos identificado también estos
grandes estadios del pensamiento geométrico al
estudiar la evolución de la imagen del espacio
urbano.
Dicho de otra manera, cuando el niño tiene
necesidad de representar el lugar que ha recorrido o dar
una imagen general de su ciudad, emplea todos los
recursos cognitivos de su nivel, y estos no son variables
y arbitrarios. Por ejemplo, antes de que el niño
elabore la noción de coordenada y las relaciones
métricas de distancia es posible que pueda
representar el espacio urbano de su ciudad como una red
de calles o como un tejido en damero. No se trata de una
simple falta de habilidad para dibujar o para construir
una maqueta con esas características. No es un
problema de desempeño técnico, sino de algo
más profundo; el niño pequeño carece
de la competencia cognitiva necesaria para imaginar
siquiera una representación de tipo reticulado. Lo
que parece elemental para el adulto es el fruto de una
ardua conquista de la inteligencia infantil.
Volviendo a nuestra hipótesis de trabajo,
comprobamos que la representación bi o
tridimensional, por dibujos y maquetas, nos enseña
mucho sobre la organización de la imagen mental
correspondiente. Sabemos por una parte que la imagen del
espacio urbano se elabora con componentes figurativos;
son en definitiva formas y figuras de calles, plazas,
edificios las que están en juego, pero comprobamos
también que este aspecto no es autónomo
pues depende del marco conceptual que limita y organiza
la imagen espacial. Se ha dicho que el niño, en
una fase característica del dibujo infantil, no
dibuja lo que ve sino lo que sabe. Por ejemplo, al copiar
un cubo en perspectiva, dibuja también las caras
invisibles. Lo no figurativo es esencial para la
composición de la imagen mental aunque no sea un
ingrediente de la imagen. Por eso la educación y
la experiencia pueden hacer varias las imágenes
mentales, tanto como su expresión pictórica
o volumétrica. Es difícil por consiguiente,
atribuir únicamente a la evolución
perceptiva todo el desarrollo y la riqueza de las
imágenes urbanas de un adolescente. Ciertamente se
puede enseñar a "mirar mejor" la ciudad, y esa es
una tarea propia de arquitectos y urbanistas pero parece
imposible enseñar a "imaginar mejor". La
elaboración de la imagen de la ciudad no se puede
desligar de la construcción de lo real y
ésta sufre un desarrollo global, que como tal, no
admite intervenciones a destiempo. Sólo se puede
aprender lo que el organismo mental es capaz de asimilar
en el estadio evolutivo que le corresponde.