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La Distancia Cero por
Sintopía, el lugar conectado Las utopías no mueren con facilidad, se transforman y aparecen bajo nuevas formas, muchas veces inesperadas. Entonces las llamamos ideologías. Pero las utopías como tales están, por definición, más allá del espacio, son no-espacios, no-lugares, que trascienden el horizonte de los proyectos humanos. Si una utopía se actualizara podríamos decir que nunca fue utópica porque contenía en germen su propia efectivización, tal vez lejana y difícil pero realizable. En este sentido podemos afirmar que la idea de la "Aldea Global" de MacLuhan no es una utopía; la "globalización", en efecto, es ya un hecho que abarca los órdenes más diversos de las actividades humanas. La globalización de la información, de las transacciones comerciales, del conocimiento, ha creado una prodigiosa trama de mallas entrelazadas y en vigoroso crecimiento que forma el "tejido conectivo" del organismo social de este fin de milenio. A veces irrumpe en forma dramática como en la reciente crisis mundial de los mercados de valores pero al mismo tiempo ofrece una red de salvataje. Proponemos el término "sintopía", algo así como "lugar conectado, simultáneo, accesible", para describir esta nueva realidad. Es decir, avizoramos que la sintopía será el nuevo "lugar común" de la sociedad humana. Distancia cero Sin ir más lejos, cuando conversamos con un amigo por teléfono hemos construido una sintopía, "estamos presentes en un mismo lugar", pero ese lugar no es un espacio físico. La telefonía ha creado un genuino espacio sintópico. No siempre tomamos conciencia del profundo cambio que ello significa para una comunicación "más humana". Es algo más que un espacio auditivo común. En este espacio mis interlocutores, actuales o potenciales, "están a distancia cero". En el caso de una videoconferencia la presencia es aún más completa. Ya no sólo la voz sino también la imagen, los gestos y el propio entorno están presentes en esta nueva sintopía. Y los ejemplos se pueden multiplicar, como es el caso de Internet. Y vendrán otros adelantos, que hoy no podemos imaginar. Podríamos decir que la distancia cero es un límite hacia el cual convergen las comunicaciones humanas. Es una nueva métrica que debe interpretarse en un sentido psicológico y social más que matemático. En efecto, cuando conectamos personas a través de máquinas se sustituye el espacio físico por un espacio virtual que identificamos con la sintopía. En este "espacio sintópico" la distancia entre los seres humanos tiende a cero. Si contamos con una computadora conectada a la red de comunicaciones podremos viajar sin perder contacto con nuestra oficina, escribir un libro o una revista entre varios sin necesidad de compartir una misma mesa de trabajo, hacer compras sin desplazarnos al lugar de expendio, consultar una biblioteca de otro continente como si estuviésemos en su sala de lectura. Y así nos vamos convirtiendo, insensiblemente, en protagonistas de un prodigioso intercambio personal a distancia cero. Hasta la alternancia noche y día deja de tener vigencia cuando las antípodas se conectan al instante produciendo un cambio esencial en la topología de las comunicaciones planetarias. Ello implica nuevas simetrías y compensaciones. Por ejemplo, el trabajo diurno de los habitantes de un sector de la Tierra influye en el trabajo nocturno de otro. Lo vemos cotidianamente en las transacciones bancarias. Esta presencia globalizada, sintópica, pronto modificará innumerables conductas y empresas humanas. Hay, sin embargo, instituciones que se resisten más que otras a este cambio. Por ejemplo, la escuela aún no ha logrado crear una sintopía genuina. Se mantiene aislada, no se atreve a "globalizar". Será una tarea principal de esta generación promover la distancia cero en educación. Esta sintopía educativa tendrá efectos considerables para la libertad de los pueblos y la paz del mundo. En definitiva, las sintopías, como las amistades, hay que cultivarlas. En sintopía se tiende a la distancia cero, pero no de manera automática. Sintopía y globalización no son sinónimos. Podríamos afirmar que la globalización es la condición necesaria, pero no suficiente de la sintopía. Veamos un ejemplo, para aprender a hablar necesitamos un intercambio lingüístico sin trabas, no basta la simple conectividad entre las personas, es preciso además mantener un entorno que permita una conversación fluida. Sería ciertamente imposible aprender a hablar si fijáramos una tarifa por cada intercambio de palabras. En este caso, el diálogo no se podría establecer y el aprendizaje no tendría lugar. Lo mismo sucede con la globalización, las conexiones están tendidas pero no siempre es posible establecer un diálogo "sintópico" debido al alto costo de las comunicaciones. Pero se perfila una salida: las telecomunicaciones modernas ofrecen la interesante oportunidad de las "tarifas planas" que no ponen un límite al uso del canal de comunicación para un costo fijo. Y estas tarifas tienden a bajar. En este caso las condiciones de la sintopía están dadas, lo que tendrá efectos incalculables en la educación del siglo XXI. Otros prójimos Los actores de la sociedad globalizada, como vimos, están cerca, han acortado sus distancias, están muy próximos. Pero ello no implica que los consideremos nuestros prójimos. El término "prójimo", en efecto, nos introduce de lleno en el terreno moral. Si muchas acciones de la sociedad actual convergen hacia una distancia cero es natural que nos preguntemos sobre el lugar del prójimo en esta sintopía. En efecto, esta "cercanía moral" no tiene tanto que ver con la distancia sino con la compasión. A la pregunta de un doctor de la Ley "¿Quién es mi prójimo?" Jesús respondió con la parábola del Samaritano y a su vez preguntó: "¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones? "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Vé y procede tú de la misma manera" (Luc. 10, 29-37). ¿Hay lugar en la sintopía para la compasión? La respuesta es afirmativa. Naturalmente, no se tratará, como en la parábola milenaria, de un encuentro con el prójimo en el camino de Jerusalén a Jericó. Los caminos de la sintopía son de otra naturaleza. Son trayectos virtuales, instantáneos, infinitos. Y, sin embargo, nuestro interlocutor de Internet, por ejemplo, no es un agente impersonal, simple emisor/receptor de información, es una persona muy concreta que podría convertirse en mi prójimo. La moral exige siempre un terreno concreto de acción y la sintopía es también un lugar privilegiado para una mayor cooperación humana. No seamos temerosos de recorrer esos nuevos caminos y no nos faltará la ocasión para actuar compasivamente. Incluso en la escala desconcertante de la globalización. Una economía más solidaria y justa, por ejemplo, apelará necesariamente a nuevos recursos sintópicos, que deberemos definir y poner en práctica. Una medicina globalizada exigirá una distancia cero. Y lo mismo sucederá con la educación y la justicia. El desafío está lanzado. La sintopía no es una utopía. |
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