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VIII. LA BIBLIOTECA DIGITAL Consultar y navegar Advertimos, por de pronto, que la biblioteca escolar además de libros y revistas en papel comienza a cobijar otras "especies" de documentos que se conservan en memorias externas como cintas grabadas, casetes, vídeos, videodiscos, bandejas y columnas de CD-Roms. Hay en el mercado cientos de CD-Roms que albergan hemerotecas enteras. Estos intrusos tienen el don de ubicuidad pues al ser digitales (o digitalizables) se irradian a través de redes de computadoras para su consulta en forma remota. La biblioteca digital es, a todas luces, más práctica que la biblioteca tradicional. Además es más participativa y democrática. Pero, atención, eso no significa que el lugar de la biblioteca desaparezca de la escuela sino todo lo contrario. A nuestro parecer la biblioteca debería convertirse en el principal lugar de encuentro de toda la comunidad educativa. En el lugar de mayor calidad y movimiento de todo el colegio. Pero sus funciones serán muy diferentes a las tradicionales, no sólo concentrarán sino que irradiarán información, permanentemente. Para aquellos adultos que aún piensan erróneamente que la computadora crea pequeños seres autistas nada mejor que pasar un tiempo en una biblioteca digital de una escuela moderna. Lo comprobamos a diario en el colegio San Martín de Tours. Las alumnas de la nueva generación digital hacen todo a la vez, copian textos e imágenes interesantes, prestan atención al sonido y a la voz mientras toman notas e intercambian ideas frente a una poderosa computadora donde guardan sus hallazgos. Además transmiten sus resultados por la red a sus compañeras. Lo más novedoso para el docente proviene del aprendizaje horizontal que espontáneamente ocurre entre los usuarios de cualquier edad en una biblioteca digital donde la interacción entre personas y máquinas es intensa e íntima. Por ejemplo, cierta vez recibimos a través de los avisos cotidianos de la cartelera electrónica del colegio la invitación para un concurso literario. Bajamos ese documento a nuestra computadora, lo abrimos y leímos las bases del concurso, los nombres del jurado y oímos &endash;cosa increíble&endash; la voz de una niña de corta edad que nos invitaba a participar en este premio. Todo ello desde nuestra casa. Quienes repiten aquello de que los alumnos "ya no leen" seguramente no han pasado por la experiencia de una biblioteca digital. ¡Lo que pasa es que se lee de otra manera! Pero el fenómeno realmente decisivo es que este nuevo espacio "hiperliterario" trasciende los límites físicos, arquitectónicos y geográficos, de una biblioteca en particular gracias a Internet y a la World Wide Web, www. Se trata de una consulta hipertextual al instante que apela a las miles de redes de computadoras locales o Webs. En lugar de consultar con el bibliotecario de la escuela pedimos simplemente a una de las "máquinas de búsqueda" de Internet que nos procure tal o cual información. Por este procedimiento de consulta comenzamos a "navegar" por Internet y saltamos de una biblioteca a otra con la facilidad más asombrosa, pasando de una universidad americana a una biblioteca europea, de un laboratorio de investigación a un museo de arte. Al cabo de un tiempo de navegación por Internet el usuario puede establecer un conjunto amplísimo de contactos planetarios. No hay nada más impresionante para un lector que entrar en las grandes bibliotecas del mundo desde su computadora personal y recorrer el fichero electrónico de millones de libros, como si estuviera usando una terminal en la misma sala de consultas de una biblioteca situada en las antípodas. Con Internet el lector se encuentra provisto de una herramienta poderosísima, jamás soñada. En algunos casos no sólo es posible consultar los catálogos completos de bibliotecas y de casas editoras, sino también leer en su integridad cientos de revistas de ciencia, negocios, artes que se encuentran completamente digitalizadas (textos integrales e imágenes) en bancos de datos accesibles a través de la red. Pero, a diferencia de las revistas, los libros raramente llegan a nuestro poder por la red. En su mayoría las grandes bibliotecas (y empresas editoriales) guardan celosamente sus tesoros como átomos que bien podrían estar en bits y ser distribuidos a todo el mundo. Esto es paradójico pues la inmensa mayoría de las publicaciones actuales han sido producidas en forma digital en una computadora. Muchos nos preguntamos si aún tiene sentido seguir construyendo bibliotecas gigantescas para albergar tanta información, cuando las redes serían el lugar más apropiado para conservarla y distribuirla. Se necesitará, sin duda, una profunda revisión de las leyes de derechos de propiedad intelectual o de autor para volcar esta información en las pistas informáticas. Pero nadie cuestiona que este será un paso ineludible para la expansión del saber, para atravesar el umbral de la nueva sociedad del conocimiento. Y esta será una sociedad digital. |
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