3. El valor de la
reproducción
La obra de arte tiene una propiedad admirable, invita
a su reproducción. Ante todo en la memoria de
quien la contempla. Pero el proceso mental del recuerdo
no es una copia sino una reconstrucción. Toda la
psicología del siglo XX nos ilustra acerca de los
mecanismos sutiles de la codificación y
decodificación de la imagen visual, de las escalas
temporales de la memoria corta y volátil o de la
memoria larga y permanente. Malraux indaga sobre el
quehacer de la memoria en varios de sus libros, en
particular en sus Antimemorias. Es consciente de
sus limitaciones y deformaciones. Por eso analiza con el
mayor de los cuidados la diferencia entre la obra
original y su reproducción. Lo hemos olvidado pero
el visitante de un museo europeo en 1900 contaba con muy
pocas copias y grabados a su disposición y
sólo fotos en blanco y negro. No resultaba
fácil pues comparar las obras visitadas. La
distancia geográfica entre los museos era,
además, una "distancia mental". Como dice
admirablemente Malraux
la confrontación de un cuadro del Louvre con
uno de Madrid o de Roma era entre un cuadro y un
recuerdo. (14)
El visitante culto viajaba mucho recorriendo los
museos célebres, los ricos podían comprar
algunos grabados de los grandes maestros, los
demás se contentaban con fotografías. Todos
debían apelar a su memoria, algunos tomaban notas
escritas o esbozaban algún dibujo. Los artistas, a
su vez, iban al museos a copiar a los genios como parte
de su formación y también como fuente de
ingresos. Había copias para todos los gustos y
bolsillos. Pero, en realidad, muchas reproducciones eran
precarias e insuficientes.
Se conocía el Louvre (y sólo algunas
dependencias) que recordábamos como
podíamos. Ahora disponemos de un número
mayor de obras significativas para suplir las debilidades
de nuestra memoria que las que podría guardar el
mayor de los museos. (14)
La situación sigue mejorando constantemente
gracias a las nuevas tecnologías digitales de
reproducción en masa y de altísima calidad.
Algunos grandes museos tienen el proyecto de reproducir
en formato digital, accesible por internet, a la
totalidad de sus colecciones. Así el Hermitage
ha digitalizado ya 2000 obras en un formato de alta
resolución. Estas reproducciones constituyen el
enorme y magnífico acervo del Museo imaginario que
se prolonga hoy en el Museo virtual, un museo que era
inexistente y ciertamente impensable en el siglo XIX. En
este fin de milenio, como diría Malraux
se ha abierto un museo imaginario que
empujará hasta el extremo la incompleta
confrontación impuesta por los museos verdaderos.
Respondiendo a éstos las artes plásticas
han invitado su imprenta (14)
¿Cuál es esta imprenta? La respuesta
propia de la generación de Malraux no podía
ser otra más que la fotografía. Para
nosotros hay otra respuesta, la reproducción
digital. Para verificarla deberemos ahora recorrer el
camino que nos lleva del Museo imaginario al Museo
virtual. El concepto de "realidad virtual" no
había nacido aún en la época de
Malraux pero será ella - y no otra - la que
"empujará hasta el extremo" nuestra
confrontación con la "realidad original" de la
obra de arte. La "imprenta del arte" para el siglo XXI
será decididamente, "digital", reemplazará
los caracteres impresos por bits y el grano de la
fotografía por el pixel. La computadora con sus
periféricos y redes de comunicaciones es la
imprenta de la nueva era digital, de la nueva cultura
virtual.