INDICE

Introducción

1. El cambio de significado de la obra de arte en el museo

2. El museo, templo de las artes y de las ciencias

3. El valor de la reproducción

4. Un arte ficticio

5. Visitas reales y virtuales

6. El arte del fragmento

7. La memoria del ideal clásico

8. La antología imaginaria

9. El significado último del arte

Referencias

Ilustraciones

Agradecimientos

 

 

4. Un arte ficticio

Malraux encarnó en su propia vida la fecundación de una cultura escrita por una cultura de la imagen. Fue uno de los mayores escritores de su tiempo y en sus obras ilustradas dedicadas al arte aprovechó como pocos las ventajas de la nueva cultura de la imagen gráfica. Además, en una decisión admirable cambió la imagen misma de los monumentos de Francia. Limpió las grandes fachadas de París y transformó maravillosamente la visión ciudadana. Puso así en relieve lo que estaba oculto.

La historia del arte desde hace cien años es la historia de lo que es fotografiable. (28)

El Museo imaginario se nutre, en efecto, de la "reproducción en serie" de una obra de arte, en todas sus formas y formatos. Pero no sólo de ella. Debido a su dinámica peculiar la reproducción engendra, a su vez, nuevas acciones y actitudes respecto de la obra de arte misma. Malraux fue consciente de esa paradoja, de esta realimentación de la reproducción sobre la creación artística.

Al mismo tiempo que la fotografía aportaba una profusión de obras de arte a los artistas, la actitud de éstos cambiaba frente a la noción de obra de arte. (15)

En efecto, la foto era entonces como la pariente pobre del grabado. Mientras éste privilegiaba casi únicamente a las obras maestras y reconocidas aquella popularizaba las obras secundarias u olvidadas. Pero la constante progresión y perfeccionamiento del colosal acervo fotográfico produjo, sin proponérselo, un cambio fundamental en la concepción artística propiamente dicha. Se comenzó a mirar la obra de arte de otra manera. En especial, la fotografía logró colocar en un pie de igualdad a los más variados objetos, creando nuevas familias, sugiriendo nuevos parentescos y estilos compartidos.

Una fotografía en blanco y negro aproxima los objetos que representa con tal que tengan un cierto parentesco. Una tapicería, una miniatura, un cuadro, una escultura y un vitral medieval, que son objetos muy diferentes, reproducidos sobre una misma página se vuelven parientes. Han perdido su color, su materia (la escultura algo de su volumen), sus dimensiones. Han casi perdido su especificidad en beneficio de su estilo común. (18)

¿Qué sucede cuando se pierden el color, la materia, el volumen y hasta las dimensiones? Una obra despojada de esos atributos esenciales en la reproducción, no puede ser, ciertamente, la misma obra. Es otra. Pero gracias a esta pérdida también gana algo. Y aquí reside el secreto de una transmutación mágica. Encuentra, dice Malraux, su "estilo", entra en sintonía y en sincronía, en un sentido muy fuerte, con otras obras que parecían ajenas a ella. Malraux avanza de esta manera en temas complejos que hoy son del dominio de la lingüística general. Nos replantea el lenguaje propio de la reproducción fotográfica, nos advierte sobre una sintaxis que estudia exclusivamente las relaciones entre las expresiones del lenguaje de imágenes y que hacen abstracción de su sentido original. Ya decía Van Gogh en carta a su hermano Théo "no podemos hacer otra cosa más que hacer hablar a nuestros cuadros"6. Deberíamos ahora, tal vez, construir una nueva "gramática de estilo" para poder expresarnos también en el campo de las reproducciones de arte.

Uno de los temas principales es el efecto del cambio de escala de la reproducción de una obra de arte. Tanto es así que, por temor a las falsificaciones, en muchos museos no se permite hacer una copia del mismo tamaño que el original. Pero el tema da para más. Las ciencias de la visión nos enseñan con precisión cuáles son las consecuencias de la pérdida de la constancia del tamaño (y también del color y de la forma). Malraux se atrevió a plantearlo desde el punto de vista del arte.

El desarrollo de la reproducción actúa también más sutilmente. En un álbum, en un libro de arte, los objetos se reproducen - en su mayoría - en un mismo formato. En rigor un Buda rupestre de veinte metros no pasa de ser cuatro veces más grande que una Tanagra.... Las obras pierden su escala. (18)

El tema es muy importante. En la vida corriente, por ejemplo, cuando vemos un automóvil que se aleja lo seguimos reconociendo como tal y no se convierte súbitamente para nosotros en una miniatura o en un auto de juguete. Hasta cierta distancia el objeto visual "conserva" su tamaño porque nuestro cerebro ha desarrollado mecanismos para mantener la escala de los objetos dentro de ciertos límites. Cuando superamos estos límites se provoca, en cambio, una modificación brutal y súbita del campo perceptivo. Cuando se pierde la escala asistimos a una verdadera "catástrofe visual". Ello nos sucede, por ejemplo, cuando remontamos vuelo en un avión o subimos a un edificio muy alto. Hasta cierta altura reconocemos los edificios, árboles y autos como objetos familiares y superado ese límite, bruscamente, todo el panorama se convierte en una miniatura. Hemos "cambiado de escala". No funcionan más los mecanismos originales de conservación del tamaño. Algo semejante ocurre con las reproducciones fotográficas: permiten cambiar, a voluntad, la escala de los objetos. Esta manipulación de la escala tiene consecuencias interesantísimas. En cierto sentido enriquece la propia obra de arte original. Nos aporta una nueva visión. Por ejemplo

El arte de las estepas era tema de especialistas pero cuando sus placas de bronce o de oro se presentan en una misma página arriba de un bajorrelieve románico se convierten también ellas mismas en bajorrelieves. Y la reproducción fotográfica las libera de las servidumbres que las hacían pertenecer a un arte menor. (20)

Para demostrarlo Malraux presenta sobre la misma página, y con idéntico tamaño, un combate entre animales de la Siberia Occidental del siglo I y el célebre bajorrelieve del siglo XII de la catedral de Autun que representa a Eva reclinada en el momento de arrancar la manzana del árbol prohibido. La confrontación entre una sencilla escena mitológica de las estepas con una poderosa evocación del Génesis, la primera en un pequeño formato, la segunda en una gran piedra horizontal, es sugerente. El Museo imaginario es el lugar ideal para establecer estas relaciones insólitas, donde el estilo trasciende la forma y la materia. Ha dado lugar, como bien dice Malraux, a un "arte ficticia". Las consecuencias de una simple ampliación o reducción fotográfica son incalculables y a veces abren un nuevo estilo artístico. Cuando se "falsea" la escala las obras de arte encuentran nuevos nichos de significado.

La reproducción ha creado artes ficticias (como sucede con la novela que pone la realidad al servicio de la ficción) al falsear sistemáticamente la escala de los objetos, y presentar las estampas de los sellos orientales y de las monedas como estampas de columnas, a los amuletos como estatuas. Además, el inacabado de la ejecución, que proviene de las pequeñas dimensiones del objeto, se convierte por la ampliación fotográfica en un estilo amplio, con acento moderno. (22)

Nadie puede poner en duda el valor de la reproducción fotográfica para el estudio detallado de una obra de arte. Es más, con frecuencia es el único medio disponible para llenar lagunas en nuestro conocimiento histórico. Muchas veces las obras de gran tamaño han desaparecido y sólo conservamos el testimonio de las más pequeñas. Del estilo que encontramos en estas últimas podemos inferir el de las obras mayores, haciendo actuar nuestra imaginación, cuando amplificamos las menores que han sobrevivido. Como dice Malraux

A veces las reproducciones de artes menores sugieren ciertos grandes estilos que han desaparecido, o que fueron posibles. El número de las grandes obras anteriores al cristianismo que hemos encontrado es ínfimo si las comparamos con las obras que se han perdido. (22)

En suma, el Museo imaginario de las reproducciones nos incita a provocar la metamorfosis del objeto original, nos invita a descubrir y a exhibir como novedad aquello que estaba implícito en la obra pero oculto al ojo desnudo.

El álbum fotográfico aísla tanto para metamorfosear (por la ampliación) como para descubrir (cuando aísla un paisaje en una miniatura de Limbourg para así convertirla en una de arte novedosa o para exhibirla. (25)

A veces también nos permite destacar mejor la calidad artística de una obra en particular.

Un álbum de arte de Oceanía 7 al familiarizarnos con doscientas esculturas nos revela la calidad de algunas de ellas. Toda aproximación de un gran número de obras del mismo estilo crea las obras maestras de ese estilo, porque nos obliga a comprender su sentido particular. (17)

Alcanzamos aquí a un punto de alto valor educativo. Hace ya tiempo que los museos del mundo convocan a multitudes en sus famosas "retrospectivas", que son ocasión de apreciar los estilos de un gran conjunto de obras originales, habitualmente dispersas o inaccesibles. El Museo imaginario cumple eminentemente esta función; por su misma característica es un "museo a medida", congrega infinidad de obras según nuestro interés y también es un "museo portátil". Así como un músico puede hojear una partitura y gozar de esa música sin necesidad de oír su ejecución, de la misma manera un visitante del Museo imaginario puede reconstruir la obra a partir de la reproducción sin contemplar el original. En una metáfora luminosa decía Paul Claudel "cierra tus ojos y verás".

El músico con su partitura y el aficionado con su reproducción "reconstruyen" las imágenes sonoras y visuales. En esta capacidad de reconstrucción estriba, precisamente, una de las mayores contribuciones del Museo virtual. Se trata de una reconstrucción que va mucho más allá de la imagen fotográfica del Museo imaginario. Veamos algunos ejemplos. Hay pocas cosas más atrayentes que hacer girar una estatua griega sobre su pedestal. Algunos museos permiten estas acciones, propias del escultor en su taller o del alfarero en su torno si se tratara de una vasija antigua. Pero no es lo habitual. En cambio gracias a la tecnología digital el objeto de arte se puede manipular sin correr riesgos. Existen programas o aplicaciones que permiten rotar en el espacio virtual cualquier sólido, respetando incluso sus sombras y matices luminosos. Muchos Museos virtuales han incorporado además la posibilidad de recorrer el ambiente, de pasear por las salas donde están expuestas las obras de arte y contemplarlas una a una. La Frick Collection en Nueva York es uno de ellos. Nada más apropiado para el Museo imaginario de Malraux que esta recorrida pausada.

Pero se puede dar un paso más en el espacio virtual. Como un corolario implícito de la teoría de lo ficticio en el arte, existen en la actualidad algunos Museos Virtuales ¡que no tienen siquiera una contraparte real! En la jerga digital se los denomina web only museums. Estos museos totalmente ficticios tienen la peculiaridad de invitar al visitante a un lugar que existe sólo en la red, aunque en algunos casos, como en el Museo virtual de Montevideo, los diseñadores han creado la ficción de un fotomontaje del edificio virtual en una plaza muy conocida de la capital uruguaya. En estos "museos sólo virtuales", el visitante ingresa al lugar simulado, ve las carteleras, decide a qué exhibición concurrir, sube escaleras y contempla las obras colgadas en las paredes virtuales. Una interesante exhibición de obras del pintor uruguayo Pedro Figari está expuesta en este museo de Montevideo, en una sala virtual. Y aquí se plantea una interesante cuestión que duplica el tema de lo ficticio en el arte. Estas telas de Figari son reproducciones de obras originales del autor pero bien podrían ser meras "reconstrucciones digitales" de obras tal vez inexistentes, colgadas en paredes también inexistentes. La cuestión, a partir de la digitalización quedará siempre abierta. Es un nuevo desafío, que en éste y en otros ámbitos nos plantea la cultura digital.

El problema de la falsificación en el arte es central en la museología moderna, y puede llegar a serlo también en este espacio virtual. Malraux dedica varias páginas a analizar la falsificación artística y comenta detalladamente la obra de Van Meegeren, el falsificador de Vermeer. El célebre falsario pretendía rivalizar, como artista, con el mismísimo Vermeer, no se consideraba un imitador sino un competidor, y esa fue su insólita defensa en el célebre juicio que se le siguió por falsificar a Vermeer, pero se trataba de una caso excepcional. En general "el falsificador tradicional, como dice Malraux, no intenta rivalizar con el genio, a lo más intenta imitar la manera o, en las épocas anónimas, el estilo" (369). Veremos, seguramente, aparecer muchas variedades de arte ficticio en esta nueva cultura digital, entre los extremos de la pura falsificación hasta la creación de objetos de arte imposibles en la realidad pero corporizables en la ficción digital.

Home / Presentación / Actividades / Publicaciones / Para contactarnos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .