9. El significado
último del arte
No interesa tanto la forma ni la materia de la obra de
arte como su significado, su intención. Sabemos
que el artista trasciende al artesano, pero que hay
artesanos que son artistas genuinos, que un objeto de
culto puede convertirse en una obra maestra, pero que
esta no siempre será objeto de culto. Como dice
Malraux
si un crucifijo gótico se convierte en
estatua porque es una obra de arte, la relación
peculiar de sus líneas y volúmenes - que la
hacen obra de arte - es la expresión
artística de un sentimiento que no se limita a la
voluntad del arte. No es el hermano de un crucifijo
pintado por un ateo de talento, que sólo expresa
su talento. Es un objeto, es una escultura, pero
también es un crucifijo. (6)
Aquí reside el gran misterio de la
creación artística. Una pintura puede ser
un retrato, pero además nos dice algo que, a
veces, ni siquiera el propio retratado sería capaz
de expresar. El artista, el grande, pone una semilla de
inmortalidad en su obra. El crucifijo que menciona
Malraux es doblemente eterno, como encarnación de
la belleza para todos los hombres y como testimonio del
sacrificio divino para el cristiano. Esa permanencia
incomprensible frente a la adversidad, esa fidelidad
radical de la obra tiene un valor trascendente que
será percibida por todos, creyentes y no creyentes
por igual.
Para el no cristiano el pueblo de estatuas de las
catedrales no expresa tanto a Cristo como expresa la
defensa de los cristianos, por Cristo, contra el
destino. (629)
El arte refleja entonces la lucha del hombre frente a
un destino implacable, la superación del caos y de
la muerte. Y lo que vale para la religión
cristiana se extiende a todas las demás. Las
puertas del Museo imaginario se abren a un nuevo
ecumenismo.
La lección de los Budas de Nara o la de las
danzas de la muerte de Shiva no son una lección de
budismo o de hinduismo. El Museo imaginario es la
sugestión de un vasto posible proyectado por el
pasado, la revelación de fragmentos perdidos de la
obsesiva plenitud humana, unidos en la comunidad de su
presencia invencible. (637)
Para Malraux el Museo imaginario es muchísimo
más que un repositorio, que un conservatorio de
reproducciones. Es nada menos que el lugar de la
reconciliación del hombre con sus hermanos, el
lugar de encuentro del artista de hoy con el de ayer y de
mañana. Esa plenitud humana desborda la
singularidad en el tiempo y en el espacio porque
Cada una de las obras maestras es una
purificación del mundo, pero su enseñanza
común es la de su existencia, y la victoria de
cada artista sobre su servidumbre converge en un enorme
despliegue, el del arte sobre el destino de la humanidad.
El arte es un anti-destino. (637)
Con esta frase "el arte es un anti-destino"
está todo dicho. Malraux le asigna al arte una
función humanizadora que no tiene fronteras de
espacio ni de tiempo. El Museo imaginario, que él
imagina, es el mundo de lo posible más que de lo
actual, donde la obra de arte bien podría ser un
proyecto irrealizado pero jamás irrealizable. Esta
idea, como vimos antes, nos abre las puertas a una
"interacción virtual" con la obra de arte de todas
las épocas, incluso con la obra inconclusa que
logramos completar y hasta con la obra nonata que podemos
dar a luz. Los museos, reales, imaginarios y virtuales,
nos ayudan a establecer una nueva relación con el
pasado. Cumplen por eso una función irremplazable
en la civilización.
La voz del artista saca su fuerza de que nace de
una soledad que apela al universo para imponerle el
acento humano, y en las grandes artes del pasado
sobrevive para nosotros la invencible voz interior de las
civilizaciones desaparecidas. (628)
Pero el museo para Malraux no es lugar de paz sino de
lucha. Es un combate por la dignidad del hombre, por su
valor trascendente.
Nuestra cultura no está hecha de pasados
reconciliados sino de partes inconciliables del pasado.
Sabemos que no es un inventario, que la herencia es
metamorfosis y que el pasado se conquista. (631)
Y los valores se confrontan con el destino, rompen los
límites de la condición humana. Suponen un
enorme sacrificio, una conquista cotidiana sobre las
"partes inconciliables del pasado". Los valores muertos
pueden revivir.
Frente al cementerio de los valores muertos
descubrimos que los valores viven y mueren en
relación con el destino. Como los tipos humanos
que expresan los valores más altos, los valores
supremos son las defensas del hombre. Cada uno siente que
el santo, el sabio, el héroe, son conquistas sobre
la condición humana. (631)
Los valores supremos convergen pero no se mezclan,
cada uno conserva su infinita singularidad y dignidad.
Están siempre ligados a una promesa, a una
salvación prometida.
Los santos del budismo no se parecen, no pueden
semejarse ni a San Pedro, ni a San Agustín,
tampoco Leónidas a Bayardo ni Sócrates a
Gandhi. Y la sucesión de valores efímeros
que acompañan una civilización: la
conciencia del Tao, la sumisión hinduista al
cosmos, la interrogación griega, la
comunión medieval, la razón, la historia,
nos muestran de manera aún más clara
cómo declinan los valores cuando dejan de ser
salvíficos. (631)
Malraux, en definitiva, va más allá el
museo como templo del arte, propone la obra maestra,
excelsa expresión del valor más puro, como
una obra humana que lo trasciende y lo salva, en todas
las épocas.
Es el arte en su totalidad, liberado por el
nuestro, con el cual nuestra civilización, la
primera que lo hace, afronta al destino. (631)
El artista contemporáneo ha puesto su objetivo
final en la creatividad y reconoce este valor supremo en
todas las culturas. Por esa razón
Somos nosotros y no la posteridad quienes revelamos
un tesoro de siglos, desde que la creación se ha
convertido para nuestros artistas en el valor supremo.
Somos nosotros quienes arrancamos el pasado viviente del
pasado de la muerte. (631)
Así como el arte es propiamente dicho es un
"anti-destino", también
La historia en el arte tiene un límite que
es el mismo destino puesto que no actúa en
absoluto sobre el artista porque suscita clientelas
sucesivas sino porque cada época implica una forma
de destino colectivo y la impone a quien lucha contra
él. (633)
Se está gestando de esta manera una cultura
artística universal por primera vez en la
historia, cuyos fundamentos son los mismos cimientos del
Museo imaginario.
La primera cultura artística universal, la
que va sin duda a transformar el arte moderno por quien
ha sido orientada hasta ahora, no es una invasión
sino una de las conquistas supremas de Occidente.
(638)
En este fin de milenio nos reconocemos como los
herederos de la grandeza de todas las culturas.
Si la calidad del mundo es materia de toda cultura,
la calidad del hombre es su objetivo. Es ésta
calidad que la hace no una suma de conocimientos sino una
heredera de grandeza. Y nuestra cultura artística,
que sabe que no se puede limitar al afinamiento
más sutil de la sensibilidad, tantea las figuras,
los cantos y los poemas que son la herencia de la
más antigua nobleza del mundo, porque se descubre
hoy como su única heredera. (638)
No importa que esta presencia del artista sea
indiferente al universo de las cosas, la obra de arte es
un don hecho al hombre.
Sin duda para un creyente este largo diálogo
de las metamorfosis y de las resurrecciones se une a una
voz divina porque el hombre no deviene hombre sino cuando
persigue su parte más elevada. Pero también
es bello que el animal que sabe que debe morir arranque a
la ironía de las nebulosas el canto de las
constelaciones y que lo arroje al azar de los siglos a
los que impondrá palabras desconocidas.
(639)
Muchas veces la meditación ante la obra de arte
puede ser motivo de una profunda conversión
espiritual. Hay muchos testimonios sobre esta
metánoia. Uno de las más recientes y
conmovedores está narrada en el libro de Henri J.
M. Nouwen El regreso del hijo pródigo.
Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt9. La historia
comienza en un Museo imaginario y culmina en el Hermitage.
"Un encuentro aparentemente insignificante con una
reproducción representando un detalle de El
regreso del hijo pródigo de Rembrandt hizo que
comenzara una larga aventura espiritual que me
llevaría a entender mejor mi vocación y a
obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de
esta aventura son un cuadro del S. XVII y su autor
(Rembrandt), una parábola del siglo I y su autor
(San Lucas, 15, 11 -32) y un hombre del siglo XX en busca
del significado de su vida". Nouwen, sacerdote
holandés y profesor en Harvard cuenta su primer
contacto con esta obra maestra a través de un
afiche en colores. "Vi a un hombre vestido con un enorme
manto rojo tocando tiernamente los hombros de un muchacho
desaliñado que estaba arrodillado ante él.
No podía apartar la mirada. Me sentí
atraído por la intimidad del hombre, el
cálido rojo del manto del hombre, el amarillo
dorado de la túnica del muchacho, y la misteriosa
luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo
sus manos, las manos del anciano, la manera cómo
tocaban los hombros del muchacho, lo que me
trasladó a un lugar donde nunca había
estado antes". Ese detalle destacado en una
reproducción encontrada por casualidad, en un
cartel colgado en una pared desencadenó un rosario
de eventos que llevó al autor a San Petersburgo,
donde pudo contemplar, durante horas, el original de la
obra genial, una de las últimas de Rembrandt,
su compatriota. Nouwen confiesa "me acerqué a El
regreso del hijo pródigo de Rembrandt como si se
tratara de mi propia obra: un cuadro que contenía
no sólo lo esencial de la historia que Dios
quería que yo contara a los demás, sino
también lo que yo mismo quería contar a los
hombres y mujeres de Dios. Este cuadro se ha convertido
en una misteriosa ventana a través de la cual
puedo poner un pie en el reino de Dios".
Figura 4
La ventana abierta por la obra de arte se abre
decididamente al mundo del espíritu
¿Qué importa Rembrandt a la deriva de
las nebulosas? - se pregunta Malraux - Pero es el hombre
lo que los astros niegan y es al hombre a quien habla
Rembrandt. En el atardecer cuando Rembrandt
todavía dibuja, todas las sombras ilustres, y
aquellas de los dibujantes de las cavernas, siguen con la
mirada la mano dubitativa que les prepara su nueva
sobrevida o bien su nuevo sueño. Y esta mano, cuyo
temblor en el crepúsculo acompañan los
milenios, tiembla con una de las formas secretas, una de
las más altas, aquella de la fuerza y del honor de
ser hombre. (640 )
Así concluye Malraux su libro y al salir de su
Museo imaginario nos franquea generosamente las puertas
del Museo
virtual10 del siglo XXI para que compartamos con
nuestros hermanos el honor de pertenecer a la familia
humana.