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 La Visitación según Pontormo

 por

 Antonio M. Battro

 Octubre 1999

Criterio

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Florencia

La Visitación de María a su prima Isabel es un episodio familiar de una exquisita ternura que narra con precisión clínica Lucas, mi colega, el médico y pintor. Isabel ha concebido un hijo en la vejez, ya está en el sexto mes pues "nada es imposible para Dios". María colmada de felicidad sube presurosa, cum festinatione, a la montaña para visitar a su prima. Cuando entra en la casa de Zacarías Juan salta de júbilo en el vientre de Isabel. "¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?" Y la Virgen responde "mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador". Se trata de un hecho de delicadeza extrema, del beso de dos amigas colmadas de felicidad, de un encuentro gozoso de dos generaciones, pasamos del antiguo al nuevo testamento. Lucas agrega que Juan saltó de alegría en el vientre de su madre al percibir la visita de la Virgen encinta. Juan el Precursor, aun antes de nacer, sin proferir palabra anticipaba su misión profética. ¡Qué signo, qué paradoja de la palabra! Pocos artistas se han atrevido a representar este encuentro, fue apenas un instante, un salto de alegría indecible.

El episodio que narra Lucas con tanto detalle puede conducir a una profunda meditación. Y en un artista la contemplación se plasma necesariamente en materia. Iacopo Carrucci, detto il Pontormo (1494-1556) pidió la gracia de ser enterrado a los pies de su propio fresco de la Visitación en la Santissima Annunziata. Pero ahora no me referiré a aquella célebre imagen sino a otra obra excepcional y menos conocida del gran artista. Se trata de un cuadro de importantes dimensiones que se encuentra en la deliciosa iglesia de San Michele a Carmignano. Es una Visitación de extraordinaria belleza que algunos consideran como una de las grandes pinturas de Occidente. Vale la pena cruzar el océano para contemplarla. No exagero. Llegué allí en peregrinación con dos jóvenes amigas, alegres y sensibles, en una tarde soleada de verano. Carmignano es un antiguo pueblo en las colinas, no muy lejos de Poggio a Caiano, la nobilísima villa de Lorenzo el Magnífico, donde también pudimos admirar un fresco de Pontormo de muy merecida fama. En la gran escalinata del palacio real posaba para una foto una novia deslumbrante con sus tules blancos. La amable vida de la corte parecía continuar con toda naturalidad en esos jardines renacentistas. Así es la bella Italia que cantó el Petrarca, "il bel paese ch' Appennin parte, e'l mar circonda e l'Alpe"...

La iglesia de Carmignano estaba vacía. En un muro de la amplia nave nos esperaba la obra maestra de Pontormo. Son cuatro mujeres de pie. María e Isabel se abrazan amorosamente. Están de perfil. Detrás de ellas observan la escena dos sirvientas, una muy joven, otra ya vieja. Son como los espejos de sus amas. El ambiente es surrealista, se diría un Chirico. Una calle bordeada por casas empinadas, vacías, con diminutas figuras humanas en la lejanía. Isabel es una anciana de cabellos blancos, serena pero agotada por la vida y por el peso de una maternidad avanzada. María es una jovencita que irradia una felicidad sin límites. Se abrazan, la Virgen da su paz, la prima comparte su experiencia. Son las misma caras que veo a diario por las calles de Florencia. Pero lo que jamás he visto en ningún lugar de la tierra es el rostro de aquella doncella que acompaña a María. Es una joven bellísima que nos mira directamente a los ojos con tal asombro que nos deja estupefactos, sin saber qué decir ni pensar. Ciertamente nos está interpelando ante el gran misterio de la Encarnación. Esa mirada no se puede olvidar. "Fermez les yeux et vous verrez", decía Claudel.

Email: Antonio M. Battro

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