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1. El tema de esta reunión me ha conmovido y agradezco a quienes lo han concebido así: Explorando el misterio del pensamiento y el corazón de los que aprenden Muchas veces separamos el corazón del pensamiento pero lo hacemos por ignorantes. Los sabios nunca lo han hecho. Prueba de ello es el mensaje milenario
El tesoro es aquello que valuamos tanto que somos capaces de vender todo lo que poseemos para conseguirlo, como dice el evangelio. El tesoro no pierde jamás su valor. Los valores son eternos: libertad, dignidad, solidaridad, belleza, verdad, paz. Se encuentran en todas las culturas y en todos los tiempos. Algunos seres humanos han logrado "encarnar" estos valores, en nuestro siglo en un grado eminente: Gandhi, Madre Teresa, Einstein, Mahler, Piaget. Cada uno de nosotros hará su lista de modelos ejemplares. Podrán diferir las personas pero los valores que ellos representan se conservarán siempre. Los fascinantes estudios de Howard Gardner sobre los diferentes tipos de liderazgos y de inteligencias nos ofrecen una guía segura para introducir estos valores en la educación. Una educación basada en el valor, una educación con sentido, una educación integral. Para aprender debemos, antes que nada, valorizar el aprendizaje, debemos tomar conciencia del valor de la educación en nuestra vida personal y en el destino de la humanidad entera. El mensaje de la sabiduría es muy claro e insistente al respecto. Se trata de la premisa mayor de un argumento que podríamos continuar así: 2. "Donde está mi tesoro está mi corazón" dice la sabiduría. A lo que la ciencia actual agrega: "y mi corazón está en mi cerebro". En efecto, el antiguo mensaje no trata del miocardio anatómico sino del "corazón espiritual" que cobija los sentimientos, las emociones y las pasiones humanas. Los antiguos, es verdad, atribuían al órgano cardíaco las funciones que hoy sabemos se generan en los circuitos neuronales de las estructuras corticales y subcorticales del cerebro. Se trata de otro órgano corporal cuya complejidad supera nuestra imaginación y nos deja maravillados, que tiene más componentes que el cielo estrellado. La transición histórica de un sistema a otro - del corazón al cerebro - fue iniciada en occidente por Descartes y produjo muchos cortes indeseados, el primero entre la sustancia corporal y la pensante, abriendo la puerta a un dualismo difícil de asimilar. El mismo Descartes insinuó un salida con la propuesta de una tercera sustancia, que era "a la vez" pensante y corporal, una "mezcla" llamada "hombre", cuyas propiedades se encargó de enumerar en detalle en sus famosos tratados del hombre y de las pasiones. A pesar de ello el cartesianismo fracasó como programa filosófico aunque dejó muchas enseñanzas a las ciencias del hombre. Su pretensión de convertir a la glándula pineal en la interfaz del espíritu y la materia no pasó de ser ingenua pero la idea subyacente de encontrar una imbricación neurofisiológica entre los procesos racionales más elevados y los emocionales más ligados al cuerpo, dio sus frutos. Nos permitió introducir el "corazón" con sus pasiones y sentimientos en la intimidad del cerebro con sus pensamientos y raciocinios. Como dice Antonio R. Damasio, un eminente neurólogo contemporáneo: "existe una región del cerebro humano, el cortex ventromedial prefrontal cuya lesión trastorna muy específicamente los procesos de razonamiento y decisión tanto como la emoción y el sentimiento, especialmente en el dominio personal y social". Se podría decir que la emoción y la razón "intersecan" en esa zona particular. Pero también se han identificado otras zonas del cerebro donde se produce variadas convergencias de los procesos emocionales y lógicos. Ya nadie duda de que los fenómenos vivenciales más íntimos que antes se atribuían al corazón ardiente y apasionado están procesados por un cerebro frío, the wet machine. Y la investigación iniciada por Descartes continúa a pasos agigantados. En los últimos años hasta los expertos en "inteligencia artificial" están intentando integrar ambos campos, el corazón de la antigua sabiduría y el cerebro de la nueva neuropsicología en modelos efectivos. Muchos somos, por ejemplo, los que esperamos con ansias el nuevo libro de Marvin Minsky al respecto. Este genio de las ciencias de lo artificial ya nos ha demostrado que no hay aprendizaje sin motivación. Ahora seguramente nos brindará más argumentos formales para incorporar un tratado actualizado de las pasiones al tratado de los circuitos neurales... 3. De las dos premisas anteriores podemos sacar una conclusión, tomando el corazón como el término medio de un silogismo. Si el tesoro está en nuestro corazón y nuestro corazón está en el cerebro, entonces, podemos concluir que "el tesoro está en nuestro cerebro". Ese tesoro que cuyo valor que no se corrompe con la muerte ni se destruye con la caída de la civilizaciones, es el valor que da sentido al universo y a la vida personal. Es el tesoro de la educación, de la paideia griega, de la cultura. Y ese valor está en nuestro cerebro de dos maneras, una como representación y otra como proyección. En efecto, nuestro cerebro se modifica por el aprendizaje (representación) y nuestro aprendizaje se modifica por la acción del cerebro de muchos otros - además del nuestro - (proyección) que han dejado trazas en el mundo, que a su vez asimilamos y amplificamos en un ciclo permanente llamado cultura. En nuestro cerebro "escolarizado" hemos desarrollado un cortex de la lectura y otro de la escritura, por ejemplo, que no están determinados por los genes, quienes tampoco nos informan sobre la lengua que hablaremos, leeremos o escribiremos. La cultura - y sus valores - ha tomado posesión de nuestro sistema nervioso, que a su vez genera nuevas capacidades que trascienden el molde genético que heredamos. Se trata de un proceso epigenético de un increíble sutileza y plasticidad sobre el cual las neurociencias han comenzado a avanzar. La educación es la expresión más elevada y compleja de esta epigénesis neuronal cuyo misterio no ha sido aún develado. Desearía destacar que esa valorización del cerebro es muy reciente. Durante siglos la educación no se ha ocupado de él, lo ha relegado a la categoría de "caja negra", tal vez porque muy poco se podía aportar a la instrucción con los escasos conocimientos que se tenía del sistema nervioso. Hoy las cosas han cambiado de manera drástica. Se inicia una nueva era. El estudio del cerebro se ha incorporado - para quedar - al estudio de la educación a través de las nuevas ciencias neurocognitivas. La Escuela de Graduados de Educación de Harvard así lo ha entendido al abrir la primera maestría en Mente-cerebro-educación, por iniciativa de Kurt Fischer (MBE, 99). Se trata de un primer paso, pero es un paso decisivo que dejará su marca en esta transición hacia el siglo XXI, que será el de la incorporación del cerebro en la cultura y en la educación. En definitiva, hemos recorrido en tres saltos de gigante un espacio cultural donde los valores eternos, los sentimientos profundos y los pensamientos elevados se encuentran encarnados en una persona, un ser que siempre aprende gracias a su cerebro que es más rico que el propio universo. Como dice Emily Dickinson
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