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San Matías, Budapest

Un Requiem en Budapest

 

por

Antonio M. Battro

 

Mayo 1999

Revista Criterio ©

¿Una premonición? En Budapest, pocos días antes del ataque de la Nato a Yugoslavia, ya iniciada la masacre étnica en Kosovo, una noche triste y fría, entré en la catedral dorada y gótica de San Matías. En las carteleras estaba anunciada la Misa de Requiem de Mozart. Gente bien abrigada, tinieblas de terciopelo y una tímida calefacción al ingresar en la gran nave central. Algunas palabras en voz baja con una amable dama y por arte de magia mi entrada me condujo a las altas sillas labradas del coro. Poco a poco llegaron los músicos. Primero los coreutas, unos ochenta, los conté mientras esperaba. Mujeres y varones de toda edad. Vestidas con túnicas las damas. Todo muy sobrio - o muy pobre -. Después los concertistas, con sus instrumentos relucientes. Desfilaron lentamente, algunos sonriendo a sus amigos, otros concentrados mirando el piso. Uno de ellos, un violinista, era como la re-encarnación de Liszt - del viejo Liszt, aquel de la foto famosa, con su verruga y su blanca cabellera -. Me encontré, de pronto, rodeado de los violoncelos, como un músico más, hasta podía leer las partituras sobre los atriles. A veces ensayo - es un decir - algunas sonatas de Mozart para piano y aproveché mi cercanía a los pentagramas desplegados para revisar los primeros compases antes de la Misa. La función se demoraba. De pronto se encendieron todas las luces. Llegó el director con los solistas. Estaban a muy pocos pasos de mi asiento. El público aplaudió expectante. Un silencio de piedra.

El director se persignó. Me emocioné, nunca había presenciado un gesto semejante antes de un concierto. En realidad, todos deberíamos habernos arrodillado. Se avecinaba el primer acorde, el primer desgarro. Y la música se hizo carne. Comenzaba la semana de la Pasión. El genio de Mozart hizo el resto, me transportó al umbral de esa nueva vida que no conoceremos hasta que el Señor nos abra sus puertas. La música anula las fronteras de la vida y de la muerte, une el cielo con la tierra. En aquel instante Mozart era uno de los ángeles del Apocalipsis anunciado... et septem angeli, qui habebant septem tubas, praeparaverunt se ut tuba caneret... (Apoc. 8,6).

Pocas veces he asistido a un concierto que haya calado tanto en mi corazón. Un Requiem en Budapest para todos los muertos de una nueva guerra en Europa... Al regresar a casa, caminando por la callejuelas vacías, transido de frío, a medianoche, encendí la televisión. Estaba alojado en una mansión encantadora del siglo XVIII, en la vieja y delicada Buda. Una residencia noble y sencilla para los huéspedes de la Academia de Ciencias de Hungría, "Magyar Tudomanyos Akademia", se leía en la gran puerta de madera. Las noticias de los Balcanes eran ya trágicas. Al día siguiente, mi amigo el secretario de la Academia y su querida mujer me llevaron a visitar el indiferente, enorme y plateado Lago Balaton, no muy lejos de la frontera yugoslava. En la bellísima abadía benedictina de Tihany, una explosión deslumbrante del barroco, yacía la milenaria tumba románica del rey Andrés I, con su imponente espada de piedra. Se había transformado en una cruz.

Email:Antonio M. Battro