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por Octubre 1999 Criterio Un día en Sydney. Un escorzo que comienza con la misa solemne en la catedral neogótica de Santa María. Coros en inglés y latín, incienso y plegarias, túnicas rojas y gran órgano. Una atmósfera de antigua liturgia. Pero llegó el golpe contundente y actual. Se leyó una carta conmovida del arzobispo que nos pedía rezar por los mártires de Timor. Las campanas repicarían todo el día. En esa isla, tan próxima a las costas australianas se había desatado la barbarie, una vez más. La comunidad, que colmaba la catedral, lloraba a sus misioneros muertos. ![]() Era difícil imaginar lo que estaba sucediendo en Timor sin sufrir escalofríos. Tanta maldad que no acaba... Una esperanza, la intervención de las Naciones Unidas ¿Llegaremos algún día a tejer entre todos una red de protección para los pueblos del mundo? Más tarde hablamos de este profundo cambio que se insinúa en las relaciones internacionales con nuestro embajador en Nueva Zelanda, a bordo de un barco blanco que nos llevó a ver la puesta de sol sobre las numerosas ensenadas y penínsulas pasando bajo el enorme puente de hierro. Una obra colosal en uno de los paisajes idílicos del planeta. ![]() Al mediodía, la recepción en la mansión del gobernador. Una visión del paraíso. Con mi invitación en el bolsillo, vestido de riguroso traje azul, me acerqué al gran portón de piedra. Me llamó la atención que no había mucha guardia en la entrada. Un recepcionista amable me dejó pasar sin más una vez que le mostré mi tarjeta. Ingresé a un jardín de increíble belleza, sobre el mar. Un par de gomeros gigantescos, como los de la Recoleta, muchísimas flores y un clima primaveral. Un extraño ibis tomaba agua de una fuente. Me puse a dibujarlo. Era un momento perfecto. A lo lejos el rumor de los comensales de más de treinta países en las amplias galerías de estilo Tudor, como en una gran fiesta lejana, aquí la música del agua y el intenso azul del mar y del cielo. ![]() Sonó un gong llamando al almuerzo. Por causa del ibis llegué tarde, no encontré mi lugar en el amplísimo salón luminoso y me senté, sin atender el protocolo, con un grupo de invitadas italianas. Una de ellas era directora del patrimonio artístico de Florencia, nada menos. Ambos habíamos participado en la beca Eisenhower en los Estados Unidos lo que nos dió pie a una interesante conversación sobre experiencias compartidas. Le conté mi pasión por la Toscana. Estábamos en las antípodas de su oficina en los Uffizi. Mi amiga tenía la abrumadora responsabilidad de conservar uno de los tesoros más preciados de occidente. Nos habló de ello una tarde, en el Congreso Mundial de Amigos de Museos. Nos mostró también la ampliación proyectada de los Uffizi, un recinto de vidrio adjudicado a un arquitecto japonés. Deslumbrante por su pureza. A mí me tocó exponer sobre "el museo imaginario de Malraux y el museo virtual" en representción de Fadam, la Federación Argentina de Amigos de Museos. Hablé de Dactilia, la musa digital. Mostré varias manos femeninas de la historia del arte universal, los dedos infinitos de la décima musa que habita en el ciberespacio. Comencé con las manos pintadas en las grutas prehistóricas de la Patagonia, terminé con las manos superpuestas de mi nieta de dos años, sugerí al pasar toda la riqueza de la pintura y de la escultura disponible en las miles de imágenes de internet (algunas se pueden ver en el hipertexto de mi conferencia en: http://www.byd.com.ar/mv99sep.htm. ![]() Al terminar la sesión del congreso bajé por los cuidados senderos del Jardín Botánico y entré en un espléndido patio lleno de gente que bebía y comía al aire libre ¡No lo podía creer, se trataba del restaurante de un hospital reciclado! Como si dijéramos: ir a tomar un trago al viejo Hospital de Clínicas... Sydney es un lugar de paz. Me sentía en Ginebra con sus parques tranquilos, y en Singapur con sus altos edificios que no son de este siglo sino del que está por nacer y, al mismo tiempo, en Punta del Este, de vacaciones junto al mar, con sus veleros y sus casas bajas sobre las playas. Tomé a la hora de la siesta un monorail elevado que me llevó por el centro de la ciudad y el puerto, tan descansado y silencioso que recomendaría traerlo a Buenos Aires para aliviar nuestra ruidosa exasperación. Revisé unas librerías, compré unos recuerdos y cambié mis zapatos de ciudad por un nuevo modelo local, que me permitieron volar sobre el asfalto durante una semana. ![]() A la noche, como broche de oro, la representación tan esperada de Don Carlos de Verdi, en la famosa Opera de Sydney. Es difícil transmitir mi visión de la obra maestra del dinamarqués Jorn Utzon sin entrar en ella. Imaginemos una profusión de altísimas velas de hormigón al viento, enormes superficies de porcelana blanca con cortinas de vidrio color topacio, casquetes esféricos engarzados milagrosamente sobre una plataforma monumental sobre la roca, rodeada de mar con cientos de espectadores que subían al anochecer por las escalinatas iluminadas por la luna. Una copa de champagne, un programa delicadamente impreso y cuatro actos de gran música italiana en una sala imponente. Una función inolvidable en un espacio singular. No sé si existe una arquitectura comparable en el hemisferio sur. Fue un desafío descomunal, resuelto por la vigorosa determinación del genio creador y el apoyo de toda una ciudad, un alarde de inteligencia constructiva y de pasión estética compartida. Una lección para todos. Un modelo para imitar. ![]() Al terminar la función, como se estila, pasé por el restaurante Bennelong que lleva el nombre del primer aborigen australiano que viajó a Londres a comienzos del siglo pasado, como nuestros indios onas llevados por Fitz Roy (en ambos casos la experiencia transcultural resultó un fracaso). Es la tercera nave de este verdadero templo de la cultura musical, que además de la sala de ópera cuenta con una gran sala de conciertos y varios recintos de ensayos. Me senté a escribir y dibujar sin tomar nada, sólo a contemplar la belleza del puerto y de la gente a través de los vidrios de caramelo. Regresé por los jardines solitarios, sin miedo. Al bordear una de las majestuosas cáscaras de hormigón de Utzon me encontré de pronto, como años atrás, junto a la cúpula nocturna de Brunelleschi y escuché nuevamente el poderoso canto a la vida. |
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